El adulón

Si no eres Angelina Jolie y un subalterno corre a cargarte el bolso, limpia tu escritorio, te trae chismes, te recuerda a cada rato lo genial que eres y habla de tu familia como si la conociera de toda la vida, ojo, cuidado, estás frente a un adulón.

| 20 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.3k Lecturas
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El adulón es un producto peruano de bandera, igual que el pisco, el cebiche, las mecidas y la frase “mañana te pago”. Puede haberlo en otras latitudes, pero nunca tan sometido, servil, almibarado y arrastrado que el de nuestros lares.

Hay adulones en todas partes, en el salón de clases, la oficina, el club, el mercado, la gran corporación. Son los defensores del discurso oficial, del chicheñó, son los que meten codazos al que se atreve a disentir, los que indisponen al que sabe de verdad, no es extraño por eso que sean enemigos jurados de cualquier atisbo de inteligencia que aparezca por sus ámbitos.

No es difícil detectarlos, se ubican siempre en la zona vip, sea del petit poder o del firme, aman con frenesí el olor a mando y aborrecen las bases porque les recuerdan su triste realidad.

Su voluble lealtad camina en línea paralela con el grado de poder alcanzado por el sujeto de su sobonería, a quien adulan y veneran mientras ejerce mando, pero cuando cae lo desconocen y desprecian para ir corriendo en pos del nuevo jefecito.

Hay adulones de todas las edades, razas, credos y niveles, los hay profesionales y principiantes, sus hazañas parecieran no tener límites en un país como el nuestro donde algunos hasta llegan a ser ministros, jefes y notables.

Están dotados de una especial habilidad por la cual igual lavan pies que denuncian con alevosía a sus ex mentores, haciendo gala de un oportunismo sin fronteras.

Pocas personas resisten el asedio de un adulón. Los halagos del sobón, sus frases zalameras, su aparente incondicionalidad, terminan subyugando sus egos hambrientos de reconocimiento.

Lejos de lo que todos suponen, que el adulón es sólo un personaje folclórico de nuestra fauna, inocuo y hasta gracioso, lo cierto es que hace daño.

Sólo imagínese cuántos adulones dijeron “sí”, “perfecto”, “qué gran idea, mi general”, en la cadena de estupideces que rodearon el caso Bagua, o los que sellaron las reuniones previas con un servil “sí jefe, hay que proceder no más”, o peor, los que callaron lo que sabían muy bien, los que prefirieron esperar un milagro antes que enfrentarse a la idiotez de sus jefes.

Si algo logró con nota 20 el nefasto gobierno del condenado Fujimori fue matar el instinto crítico de la gente. Hoy, casi una década después, hablar claro y sin miedo sigue siendo una tarea pendiente en el Perú.


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Rosa Málaga

Crónicas pasajeras

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