El adiós

Lo conocí una madrugada en casa de Valentina, allí llegamos un grupo de periodistas para terminar de sazonar la noche que habíamos empezado en el local del frente, ese incomparable point ya desaparecido que administraba doña Valentina con su hija Norma.

| 11 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 842 Lecturas
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El zambo estaba en su salsa, alguien le alcanzó un cajón y por ahí apareció una guitarra, probablemente unas castañuelas y listo, él inició su concierto casi sin gestos y moviendo sólo sus manos que golpeaban suavemente la madera curtida, mientras su voz pastosa, de negro con filing, acariciaba el altillo, las paredes, los corazones y la mañana celeste de La Victoria.

Ya era conocido, había producido, tal vez sin tener conciencia del hito que marcaba en la música popular urbana peruviana, ese disco que compartió con Avilés y que los uniría para siempre, pero no se mostraba como un divo sino más bien como un disciplinado orfebre de esa canción criolla tan suya que inventaba cada que sacaba de adentro todo su sentimiento de negritud que había aprendido en los solares de la Lima marginal de su infancia.

Los advenedizos le pedíamos canciones que el iba cantando o ignorando en porciones desiguales. Así caminaron entre nosotros y en puntas de pie mujeres alucinadas de ojos llorosos que fueron amadas por los poetas y que él iba reviviendo con su inigualable voz de juglar, así sonaron Rebeca, Olga, el rincón del arrabal donde la vio llegar, la nostálgica capitulación de decir adiós, las ilusiones abrazadas y perdidas, en un registro vocal de agudos y bajos, tan contundentes como la vida.

El “Zambo” Cavero nació y murió pobre, jamás se le prodigó en vida la magnificencia que hoy vemos en titulares y homenajes póstumos.

Fue, qué duda cabe, la primera voz negra en remontar a las alturas del cancionero criollo peruano, tan dado al gorjeo y agiornamiento del vals clásico. Claro, no cambió la letra de amores desencontrados, pero su voz susurrante y feroz, el desatado frenesí que puso en cada historia que cantó hasta alcanzar las notas más altas y también las más subterráneas en tonos intercalados de jilguero y socavón, lo hicieron único.

Hoy que ha partido, nadie se pregunta cómo es que este hombre de voz extraordinaria que le cantó al Perú con su vida entera, pudo enfrentar el día a día con sus modestos recursos pecuniarios, sin años sabáticos ni concesiones, sólo tratando de ganarse la vida como un peruano más.

Descansa en paz “Zambo” Cavero, quizás hoy sea más verdad que nunca esa frase que cantaste tantas veces: “Dijiste adiós, y el eco de tu voz, por siempre me acompaña”.


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Rosa Málaga

Crónicas pasajeras

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