Efecto Pigmalión

Goethe, poeta y dramaturgo alemán, decía que, si tratamos a una persona como lo que es, seguirá siendo lo que es; pero si la tratamos como lo que podría ser, entonces se convertirá en todo lo que puede llegar a ser.

Por Diario La Primera | 14 oct 2012 |    

En la mitología griega se cuenta que un escultor llamado Pigmalión, se enamoró perdidamente de una sus obras a la que llamó Galatea. Se enamoró tanto que la trataba como si fuera un ser vivo.

Cuenta el mito que tanto era el amor que este hombre profesaba a la escultura que la diosa Afrodita se compadeció de él y una mañana al despertar Pigmalión se encontró con que la estatua había cobrado vida.

Es conocido en el ámbito educativo el experimento Rosenthal que resumo en una frase: “profecía autocumplida”. Rosenthal, al inicio del año escolar, entregó al profesor encargado de un aula, una clasificación de los alumnos dividida entre muy buenos y limitados, solo que la realidad era a la inversa.

Al finalizar el curso comprobó que los alumnos de los que se esperaba buenos resultados los tuvieron, y que aquellos de los que se esperaba un pobre rendimiento obtuvieron calificaciones por debajo de la media.

La razón estriba en el trato del profesor que ha prestado más atención, se ha dedicado más al grupo de los que se esperaba buenos resultados, mientras que a los otros prácticamente los ha ignorado.

Cuando tratamos a una persona como lo que debiera o lo que podría ser estamos demostrándole que hay verdad en la relación y esto es rápidamente percibido por ella. Entonces nos esforzamos más por comunicarnos de mejor manera, nos tomamos el tiempo necesario hasta asegurar que se nos ha entendido.

Cuando partimos del afecto en una relación nuestra dedicación es siempre mayor, más cuidadosa, más preocupada. Casi como la contemplación de Pigmalion a su Galatea y entonces la humanidad del otro no necesita de dioses para manifestarse.

No conozco si se han hecho estudios en nuestro sistema educativo, escolar y universitario, pero si conozco por mi experiencia que hace diferencia sustantiva el trato afectivo a los alumnos. Quizás sean muchos los indicadores a estudiar pero yo sólo quiero hablar de prestar atención al alumno, de saber siempre que está ahí y que el profesor sabe que está ahí.

Quiero hablar también del afecto en el aula, de trabajar cada día, cada momento, por ser cada vez más querible por sus alumnos, trabajar por que ellos sientan la preocupación, el interés genuino, la atención constante, en suma, el afecto hacia ellos y en igual proporción para todos, sin distingos.

Esto no es necesariamente una utopía, múltiples ejemplos, como el del experimento Rosenthal, refuerzan esta posibilidad. Para confiar en esta posibilidad basta con que recordemos a esa maestra o a ese maestro que regresa con facilidad a nuestra memoria emocional porque sabemos que nos quisieron de verdad.


    Jaime Lértora

    Jaime Lértora

    ¡Habla Jaime!

    Columnista