Dudas de la señora

La señora Luisa María Cuculiza tiene la avaricia mental suficiente como para militar en el fujimorismo duro.

| 31 enero 2008 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.7k Lecturas
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Y ayer, desde esos enlaces neurológicos rotos y chamuscados por las leyes de la herencia y la muy fatigante práctica del disimulo, la señora Cuculiza ha dicho algo extraordinario en defensa de su líder:

“Va a ser muy difícil presentar pruebas que demuestren que Fujimori solicitó matar a alguna persona”. Sí, lo dijo. Lo dijo en CPN Radio, que convirtió esa declaración en un despacho noticioso.

Con lo que se demuestra la desesperación que cunde entre los cómplices remotos (no mediatos) del grupo Colina y sus adjuntos.

En efecto, por más que la señora Cuculiza pudiera ser la novia perfecta de Forrest Gump, es imposible que ignore, es imposible que nadie le haya dicho que en la historia universal de la infamia no hay precedentes de un asesinato ordenado por escrito o pedido delante de testigos que sobrevivieran al evento.

¿Alguien escuchó a Hitler dar la orden respectiva sobre los campos de concentración?

¿Alguien encontró el memo de “la solución final”?

Cuando Pinochet soñaba con hacer volar a Carlos Prats –esposa incluida–, ¿acaso le entregó una orden operativa al jefe de la DINA, coronel Manuel Contreras?

¿Y acaso el muy marrano de Manuel Contreras firmó algo para darle la orden a su vez a Michael Townley, el que le puso la bomba-lapa a Prats en Buenos Aires?

Y cuando Anastasio Somoza decidió deshacerse de Pedro Joaquín Chamorro, director de “La Prensa” de Nicaragua, ¿le dio una orden rastreable al jefe de sus esbirros?

Y cuando el almirante Massera decidió que el local de la Escuela de Mecánica de la Armada iba a ser el centro de torturas más equipado y diabólico de la dictadura argentina, ¿pasó un memo a las entidades correspondientes?

Y cuando el ministro del Interior del régimen boliviano de García Meza, el inolvidable Luis Arce Gómez, mandaba a matar capos rivales del narcotráfico, ¿enviaba una grabación con su voz dando los detalles, un fax con su huella digital de general inhalante?

Y cuando José María Bordaberry era el títere de los militares uruguayos que mataron tantos inocentes como tupamaros, ¿dejó un epistolario que algún juez pudiera usar en su contra?

¿Y cuántas órdenes escritas, audibles o televisadas dejó Pablo Escobar?

¿Y dónde están los papeles que incriminan a Pol Pot, que mató a dos millones de camboyanos?

¿Y quién nos muestra una sola orden de ejecución firmada por Mao Tse Tung?

¿Qué papeles pudieron exhibir los enemigos de Stalin a la hora en que se descubrieron sus crímenes innumerables? ¿Alguno tenía su firma?

¿Y dónde está la orden firmada por Sánchez Cerro para que se cumplieran las cientos de ejecuciones de apristas en Trujillo?

La señora Cuculiza, deprimida quizás por el desfile de todos los Colina, consternada probablemente porque un Fujimori meado de terror dice ­ahora “que no sabía que el grupo Colina existía”, jurisperita toda ella y sabia como ­una lagartija, la señora Cuculiza, con todo respeto, exige ­ahora pruebas escritas: solicitudes de muerte en papel sellado, pedidos a la carta, órdenes operativas con posdatas sobre los detalles del arma a emplearse, memorandos con copia a Logística.

Y no, pues, señora Cuculiza.

Al almirantito Massera tampoco le encontraron la papelería del caso. Pero está preso. Como lo va a estar su jefe, que también era el jefe del grupo Colina. Porque el grupo Colina obedecía a la línea de mando del ­Ejército. Y el comandante supremo del Ejército era Fujimori, que, además, ascendió y premió y amnistió a los integrantes del grupo Colina. Y que dormía a diez pasos de donde ellos dormían a veces, cuando iban a operar.

Y, además, señora, todo tiene que estar claro porque usted sí que va a entender esta frase escrita por Séneca, un cordobés que nació cuatro años antes que Cristo:

“Quien pudiéndolo hacer no impide que se cometa un crimen, lo instiga”.

O esta otra, del mismo Séneca, señora, un filósofo romano que le dicen:

“Aquel a quien el crimen beneficia, ése es quien lo ha cometido”.

¿Ve que estaba claro, mi señora?


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista