Dos tragicomedias

Luis Giampietri, que es a Miguel Grau lo que Fujimori a la honradez y lo que García a la veracidad y lo que la Caverna a Dios todopoderoso, ha dicho que la Corte Interamericana de Derechos Humanos preocupa a los peruanos por la naturaleza de sus sentencias. Y ha añadido que sería bueno, entonces, crear “una tercera instancia” que revise esas sentencias a la luz de los intereses de los Estados.

| 06 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 975 Lecturas
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Como se sabe, al señor Giampietri le fascinan las declaraciones explosivas y le preocupan los derechos humanos de los marinos que ejecutan prisioneros rendidos a pedido del presidente de la República. Además, el señor Giampietri es un fujimorista hidrófobo y un socio moral de Alex Kouri, lo que lo emparenta con Rififí, Landrú, El Coleccionista (de huesos), Alain Charnier (o sea Fernando Rey en aquel “Contacto en Francia” que no tiene que ver con Alan García) y la mismísima y tierna Baby Jane.

En resumen, a Giampietri le preocupa la Corte. No sólo la que le zumba a García, que cada día tiene el mentón más imperial, ni la de los milagros, que es el Apra congresal y angurrienta, sino la de San José, que quiere castigar a los carniceros –cosa terrible–, sancionar a los discípulos de Jack el Destripador –qué injusticia– y sentar precedentes en relación a los “héroes” del Frontón, Cayara y Los Cabitos –tres escenarios donde nuestras fuerzas armadas vencieron a divisiones desarmadas y hasta a niños a los que se adivinaba ­aviesas intenciones bajo el chullo, qué barbaridad–.

Y como el señor Giampietri ha dicho lo que ha dicho, ayer ha salido en su auxilio el muy distinguido congresista Wálter Menchola a darle la razón. Transcribo unas palabras del cable de la agencia oficial Andina:

“Lima, may. 05 (ANDINA).- El primer vicepresidente de la República, Luis Giampietri, tiene razón al proponer “una tercera instancia” en el sistema interamericano que revise los fallos polémicos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) porque estas sentencias preocupan a los peruanos, dijo hoy el congresista Wálter Menchola”.

A nosotros no nos sorprende que al señor Giampietri lo respalde de modo tan incondicional el señor Menchola. Es como si nos sorprendiera que al señor Fujimori lo ampare el señor Alan García. O que al presidente del Banmat lo enaltezca el Ratón Pérez. Lo que sí nos llama la atención es que el señor Menchola haya hecho estas declaraciones mientras preside la comisión que investigará, en el Congreso, las llamadas Casas de Alba. Porque si el señor Menchola ya se alineó con el señor Giampietri y el señor Giampietri ya ha dicho que las Casas de Alba son antros chavistas y cabeceras de playa del intervencionismo comunista con sede en Caracas, entonces –nos preguntamos– ¿qué va a investigar el ex novio de la muy rural señorita Kú? Lo mejor que puede hacer es entregar su informe mañana mismo, antes de que Chávez venga a convencernos de aquello que Giampietri y Menchola jamás le creerán.

Porque así se manejan también los asuntos externos del Perú: con Giampietri dinamitando esta vez la política oficial sobre la Corte Interamericana de los Derechos Humanos y el ex novio de la señorita Kú haciéndole dúo.

Pero esa no ha sido, a pesar del esfuerzo de ambos protagonistas, la noticia más tragicómica de las últimas horas. La más tragicómica fue el pedido de la congresista ecuatoriana María Soledad Vela para que se incorpore a la Constitución de su país un nuevo derecho femenino: “el de la felicidad sexual”.

Serios problemas debe tener en su dormitorio tan honorable damita para pensar que algo tan elusivo como fugaz, tan solitariamente heroico como meticuloso, pueda convertirse en un derecho permanente. No, doña María Soledad Vela (¿y cómo se atreve a decir lo que ha dicho con ese apellido?): la plenitud sexual no es como el monte de Venus –que siempre está allí, por lo menos hasta los 55 años– sino como el de Sísifo, que se conquista para perderse y se reconquista para volver a subirlo y se vuelve a perder en la rodada, todo un tango. Es imposible, mi correista señora, promulgar una ley del orgasmo que calme las hambres y aquiete los ánimos. En vez de soñar con una ley imposible como la estatización del meneo, sométase usted, darling, a la siempre asequible ley de la gravedad y sáltele al marido desde la terraza. Porque es cierto que la Constitución de los Estados Unidos habla del “derecho a la felicidad”, pero todos los que la han estudiado coincidirán en que Thomas Jefferson no se refirió al toma y daca de los bajos vientres –a pesar de que fue especialista en la materia ya que tuvo seis hijos con su mujer y siete con una esclava negra llamada Sally Hemings– sino, más bien, como dice Fukuyama, al acceso libérrimo a la propiedad.

Al Perú y al Ecuador nos hermanan ahora, también, el humor y el ridículo. Siempre supimos que éramos un solo pueblo.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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