¿Dónde está Pedro?

Katherine Ángela Lumbreras Urrutia (Kulu) no sabe hasta ahora por qué su amigo Pedro no llegó el pasado lunes a la Plaza de Armas de Lima, donde ella lo esperó durante toda la mañana.

| 03 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Kulu es muy preocupada y una cosa así que puede parecer, digamos, simple, la ha empujado a la tristeza, a la angustia. No sabe qué pasó.

Cuando se levantó ayer por la mañana, a Kalu se le desvaneció la ilusión de haber visto a Pedro porque se dio cuenta que había soñado que sí había llegado a la Plaza de Armas. “¡Maldita sea, qué pasó, por qué no llegaste!”, gritó y empezó a buscarlo como había hecho toda la tarde del lunes.

Volvió a llamar al número del teléfono celular que Pedro le había indicado y nada; revisó su correo electrónico y nada; entró al Facebook para ver si había ahí algún mensaje y nada. Nada de nada.

En las comisarías, ni los hospitales tampoco había rastros de Pedro y por un momento, en su angustia, Kulu llegó a pensar que ella había soñado todo y que jamás había hecho una cita con su amigo y que pronto al despertar se le iría la ansiedad de saber qué le pasó.

Pero no era un sueño. Kulu conoce a Pedro desde hace dos años. Se hicieron amigos en el Cusco cuando juntos al protegerse de la lluvia debajo de los balcones de la Plaza de Armas de esa ciudad conversaron como dos horas hasta que escampó.

Desde aquel tiempo conversaban por el Messenger y Facebook y jamás dejaron de hablar por teléfono todos los sábados por la tarde. El último sábado, Pedro le dijo: “Kulu, quiero verte en la Plaza de Armas de Lima. Es una nueva era y ahora sí sería lindo tener una foto contigo con el Palacio de fondo. No es necesario que vayas a recogerme. Yo estaré ahí en la Plaza a las nueve de la mañana. Espérame”.

Pero Pedro no llegó nunca y ahora Kulu no sabe qué hacer. Ha ido ya a todas las agencias de los ómnibus que llegan del Cusco; ha ido al aeropuerto y nada. “Tendré que ir a buscarte al Cusco”, piensa. “Pero dónde, Dios mío, dónde debo ir, dónde”.

La angustia crece mientras el tiempo pasa, pero Kulu no pierde las esperanzas. “Oye, Kulu, tranquila, ya aparecerá. Solo han pasado dos días”, le dice una amiga suya al verla llorar. “Está bien, mañana (es decir hoy miércoles) iré a esperarlo de nuevo desde las nueve de la mañana en la Plaza de Armas como una señal de que nada malo le ha pasado y si no llega, no sé qué haré, amiga. No sé qué haré”.


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