Don Prudencio es del barrio

Hace como cuatro años, una pareja extraña de cincuentones alquiló la casa de ventanas verdes en el barrio de una sola cuadra, como para buscar algo de serenidad después de una vida ajetreada.

| 29 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 834 Lecturas
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Las vecinas chismosas del barrio intuían que era una pareja dispareja, que se peleaba mucho. Cierto sábado la señora había echado a la calle de madrugada a su acompañante don Prudencio, y nadie supo por qué. “Es que llegué borracho a mi casa”, decía él, pero nadie le creía.

La señora no hablaba con nadie y las chismosas decían que era una bruja y en ocasiones llegaron a pensar que se trataba de una prostituta jubilada del asunto que estaba aprovechándose de un servidor público. Pero nadie confirmó el dato.

La cuestión es que la pareja no se metía con nadie; ni asistían a las polladas de la cuadra, ni a los cumpleaños, ni nada. Pero todos decían que ella era una maldita y él un poco bobo, medio tonto que dejaba que le pisen el poncho.

La pareja pasaba inadvertida matando días en la casa de ventanas verdes hasta que de pronto hicieron noticia. Don Prudencio apareció muerto en el parquecito, donde a veces los alcohólicos hacen de las suyas. Nadie supo por qué murió.

Las señoras chismosas de la cuadra pagaron para que los chicos vagos lo llevaran a la casa alquilada; pero la señora no quiso recibir al muerto. El más adinerado de la cuadra, para que la noticia no se expandiera, compró el cajón y mandó hacer todos lo trámites. Los médicos pusieron en los certificados que había sido muerte natural.

Como don Prudencio estaba solo en el mundo, lo velaron tres días y dos noches en medio de la cuadra con velas de caridad de los vecinos, con cafés y hasta vino de la generosidad de la gente del barrio. Nadie quiso denunciar a la vieja por no querer recibir a su muerto. Fue tanta la indiferencia del barrio contra ella, que solo un adolescente ebrio se dio cuenta que la primera noche del velorio abandonó la casa de ventanas verdes para siempre.

Los vecinos de otros barrios preguntaban quién era el muerto con suerte que concitaba la atención de la cuadra. “Es el muerto del barrio”, respondían. Las señoras chismosas de la cuadra me dijeron que estaban dispuestas a velarlo inclusive una semana si no fuera por el olor. “Joven, ese muertito ajeno volvió a unir al barrio”, me dijo uno de ellas.


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