Disparen sobre Daniel Ortega

Se ha desatado una implacable campaña de desprestigio contra los gobiernos desobedientes (léase: los países miembros del ALBA). En este marco, el ataque sistemático al presidente de Nicaragua alcanza visos de cacería de brujas, en las cavernas locales e internacionales. El concierto mediático está siendo orquestado por el desafinado director de siempre y es repetido hasta la náusea por las agencias noticiosas.

Por Diario La Primera | 11 set 2008 |    

Ernesto Cardenal es una estrella de primera magnitud en la literatura nicaragüense. Junto a Rubén Darío, Martínez Rivas, José Coronel y Pablo Antonio, está entre los mayores de nuestra historia. Su estatura se acrecentó con la Revolución Popular Sandinista. Tales afirmaciones no están sometidas a discusión.

Nubia Arcia había apenas acabado la escuela, cuando llegó al archipiélago de Solentiname. Venía de profesora a la comunidad que el monje trapense había fundado entre los campesinos y pescadores del lago Cocibolca. Eran tiempos de Somoza. Cardenal tuvo la habilidad de hacerse famoso junto a su comunidad. Un día, los jóvenes decidieron practicar el evangelio: abandonaron sus islas y en el nombre de Sandino asaltaron un cuartel de San Carlos. Nubia estaba entre ellos.

El líder de esos muchachos se llamaba Alejandro Guevara. Alejandro era el discípulo predilecto de Ernesto: teólogo campesino, poeta popular, pintor primitivista; y lo normal en aquel resplandor, se hizo guerrillero. Se enamoró de las abundantes gracias de Nubia y se casó con ella, con la cual tuvo varios hijos.

Al triunfo de la revolución, Cardenal se ocupó del Ministerio de Cultura; Alejandro Guevara tuvo a su cargo la defensa de la frontera sur en la guerra financiada por Reagan; Nubia se quedó en Solentiname, acogiendo a los peregrinos que buscaban el paraíso. El “Hotel Mancarrón” fue obra de su esfuerzo.

Tras la muerte de Alejandro, la comunidad de Solentiname le otorgó a su viuda la concesión del hotelito por los siguientes quince años (hasta que el último de los niños cumpliera la mayoría de edad: el 2010).

Inmanuel Zerger llegó de Alemania, donde había nacido, surcando las aguas del Cocibolca con una orquesta sinfónica abordo. De las pangas hizo descender violines y fagots, la tuba y el contrabajo. Cuando los primeros acordes resonaron entre las islas, el Poeta exclamó: “Este hombre es un santo…”. Nubia lo hizo su esposo.

Hace más de diez años que Cardenal, en su calidad de presidente de la Asociación para el Desarrollo de Solentiname, pretende despojar a Nubia Arcia e Inmanuel Zerger de la gestión del hotel. Se ha valido de artimañas que no están a la altura de su imagen de profeta revolucionario: les ha mandado a cerrar el hotel en varias ocasiones, les ha hecho confiscar el mobiliario, los ha desprestigiado.

Ernesto Cardenal ha convertido el veredicto que lo acusa en su enésimo ataque contra Daniel Ortega. Usando su enorme prestigio de poeta como tribuna mediática, ha dicho que no acatará la sentencia (que lo obliga a pagar mil dólares de resarcimiento moral a los injuriados) y ha desafiado a que lo metan preso, sabiendo que en Nicaragua ninguna persona mayor de 70 años va a la cárcel.

Hábilmente ha volteado la tortilla y se hace pasar por víctima de la revancha política del Presidente. El pleito de Ernesto no es con Daniel, es con la viuda de un héroe sandinista.


    Tomás Borge

    Tomás Borge

    Opinión

    Embajador de la República de Nicaragua