Diálogo después de la sangre derramada

En Cajamarca, no está dicha la última palabra. Los campesinos, ronderos y gentes del pueblo siguen acumulando frustración y rabia.

Por Diario La Primera | 01 jul 2012 |    
Diálogo después de la sangre derramada
CAJAMARCA Y ESPINAR

Al día siguiente de haber recibido la carta de la empresa multinacional Newmont en la que se compromete a continuar con el proyecto Conga, aceptando a regañadientes cambios impuestos por la fortísima protesta articulada con la consigna CONGA NO VA, el presidente Humala, evidentemente contento, dijo Conga va, con represas de agua primero y la mina después.

En su visita como candidato en 2011, Ollanta Humala prometió a los ronderos, en particular, y a los cajamarquinos, en general, Agua sí, minas no. Después de la experiencia sufrida con la empresa Yanacocha, los ronderos creyeron que al fin tendrían un gobierno que los escuche y no sea como los de García y Toledo.

Prometió también el candidato volver a la Constitución de 1979 y revisar los Tratados de Libre Comercio firmados por los gobiernos anteriores. Por esas ideas –gruesamente de izquierda- , que formaban parte de la “Gran transformación”, obtuvo la mayor votación para ganar la primera vuelta. Viró hacia la derecha con su “hoja de ruta” para ganar la segunda.

Antes de ocupar el palacio de gobierno, comenzó a cambiar de caballos a mitad del río, dejando primero el manejo de la economía a los mismos funcionarios del gobierno de Alan García para que sigan gobernando los que perdieron, y echando, luego, a sus aliados de izquierda y reemplazándolos por sus ex jefes cuando él servía en el Ejército.

Rápidamente, fueron visibles las sólidas ataduras de esos militares con Fujimori y Montesinos. No cambiaron los ronderos ni los cajamarquinos sino Ollanta Humala. Tampoco cambiaron sus electores en la provincia de Espinar. El responsable principal de toda esta historia en Cajamarca y la provincia de Espinar en Cusco es Ollanta Humala. Este es un hecho, no una opinión.

Como buen militar y feliz por su sueño realizado de ser Comandante General del Ejército -por otro camino y no por su carrera militar-, el presidente de la República rompió el diálogo en Cajamarca, no volvió a conversar con ningún rondero ni con los dirigentes locales y regionales. Dejó que sus compañeros de armas como funcionarios de su gobierno hicieran lo que saben hacer: ordenar a quien corresponda, asustar, someter, encarcelar, perseguir, pegar, golpear y matar.

Se trata de un saber que casi tiene 500 años porque comenzó con Francisco Pizarro y con el Virrey Francisco de Toledo. Ya son 12 los muertos hasta ahora. Esta política represiva se impone bajo el paraguas de una “voluntad de diálogo” como un discurso de buena intención. Hay un encanto particular en la palabra diálogo, porque nadie dice no quiero el diálogo y porque todos lo reclaman.

¿Dialogar? Sí, pero, ¿con quiénes sí?, ¿con quiénes no?, ¿en qué condiciones? Hay una especie de condición previa, porque en el fondo de trata de un diálogo calificado. Los ex militares gobernantes no quieren el diálogo con los extremistas, terroristas, ultras, ideologizados.

Los dirigentes de la protesta en Cajamarca, dijeron sólo queremos hablar con el Presidente Ollanta y no con los ministros que no deciden nada. En Cajamarca el único diálogo efectivo fue con los dueños del proyecto Conga. No sabemos cómo y dónde se hizo, pero el resultado efectivo está a la vista: Conga irá, con agua primero y la mina después. Tendremos que esperar para saber en qué se pusieron de acuerdo y en qué no.

Los ronderos tienen la organización comunal-regional de base más importante de Cajamarca y del país. Por eso tienen más autoridad que los partidos dirigentes y caudillos. Son herederos de las tomas de tierras y de las luchas contra los abigeos y de movilizaciones por los derechos fundamentales de eso que se llama democracia. Después de obtener sus votos el presidente y sus ministros nunca quisieron dialogar con ellos.

El diálogo que acaba de “reiniciarse” en Espinar, tiene una breve historia que el gobierno y sus medios de comunicación tratan de ocultar. Cuando luego una mina se cierra y otra se abre con la misma empresa Xtrata Tintaya, todo el pueblo de Espinar ejerció su derecho de buscar nuevas condiciones tanto para conseguir más recursos, evitar más daños en su medio ambiente y defender sus cuencas de aguas en las tierras altas.

El gobierno no les reconoció ese derecho y recurrió a lo mismo de siempre: asustar, someter, pegar, golpear, perseguir, encarcelar, y matar. Si se hubiera dialogado y negociado no se habría llegado al grado de violencia que produjo dos muertos por balas de la policía, heridos en ambos bandos y daños en muchas propiedades.

Por el racismo que goza de tan buena salud en el país, el alcalde Oscar Mollohuanca, democráticamente elegido y querido por su pueblo, fue ninguneado, maltratado, humillado y conducido a la cárcel de Ica. No hubo respeto alguno por las normas. Paralelamente, el gobierno bloqueó las cuentas del municipio, impuso el “Estado de emergencia” para que no se mueva una mosca.

En esas condiciones creyó el gobierno que su diálogo debía hacerse con el presidente regional del Cusco. Él se negó. Les quedaba la posibilidad de obligar a la Teniente Alcaldesa de Espinar para que vaya de rodillas a una mesa de diálogo. Ella dijo no. El pueblo de Espinar dijo no, diálogo sí, pero con Oscar Mollohuanca en libertad y sin estado de emergencia. Ante la fuerza de la razón del pueblo de Espinar, el gobierno tuvo que dar marcha atrás.

Ahora sí podrán sentarse a conversar. ¡Cuánta alegría y cuánta hipocresía! en las derechas y sus medios de comunicación por el diálogo que en su momento no quisieron. Por el contrario pedían represión y muertos como la congresista Alcorta. Ese diálogo pudo hacerse antes, sin costo humano o material alguno pero para eso hay que ser democráticos en serio.

Dialogar después de la sangre derramada es una vieja lección que ya tiene centenares de años en el país; lección que los gobernantes y todas las derechas no aprenden, ni quieren aprender. Esta es una de las razones que explica la fragilidad de la incipiente democracia peruana.

Un reciente grave error de Ollanta Humala echa más leña al fuego. Califica de “ideologizados” a quienes se oponen al proyecto Conga. Tendría que explicar por qué milagro dejó él mismo de ser ideologizado si hace menos de un año defendía las tesis que hoy los Ronderos y sus aliados siguen considerando como suyas.

En Cajamarca, no está dicha la última palabra. Escribo este texto el martes 26 de junio, antes del cierre de mi columna por un viaje. Los campesinos, ronderos y gentes del pueblo siguen acumulando frustración y rabia. ¿Sería Ollanta Humala capaz de ir a reunirse con ellos y explicarles ¿por qué cambió y se fue a la otra orilla?

El apoyo de grandes comerciantes, profesionales, mineros, y algunos sectores populares es real pero menos importante que la oposición de los ronderos. Si Conga va, será a la mala. Lo que comienza así no podrá terminar bien. El error de no haber convocado un referéndum como el de Tambogrande a comienzo del año, las divisiones internas y las tentaciones electoralistas tienen un precio.


    Rodrigo Montoya Rojas

    Rodrigo Montoya Rojas

    “Navegar Río Arriba”