Día del padre

El domingo es el día del padre, o sea de los grandes almacenes, y por eso las familias saldrán a almorzar fingiendo, en muchos casos, que el papi es el rey de la mesa y el mejor de todos, cuando la verdad es que para llegar a ser la fatiga que llegaremos a ser es importante dispararle al jefe de la progenitura y luego salir corriendo mientras se canta el himno de la libertad y se pone la cara en dirección de la lluvia sanadora.

| 14 junio 2008 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.7k Lecturas
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Los padres son una bendición cuando somos niños y ­una guía caminera cuando dejamos de serlo, pero luego, a la hora de acabar con el nosotros y empezar a levantar el uno mismo, son un fastidio, una lata sentimental y un modo lastimero de recordarnos que fuimos sus cachorros y que a ellos les debemos la lealtad primera.

Entonces es que empiezan los problemas y las batallas campales del carácter. Y hay un momento en que te pareces tan poco a tus padres que te preguntas en serio si viniste de ellos (porque lo que es seguro es que no irás donde ­ellos dicen que te esperan). Y una mañana, al despertar, la hija experimenta ser una intrusa y el hijo mira la boca de su padre devorando una tostada y piensa que ese señor tiene aspecto de vecino y apetito desmedido de zampón.

El austriaco ese sin nombre que acaba de ser descubierto en pleno uso de sus facultades es, en efecto, un monstruo apocalíptico. Pero sé de muchos padres que dañaron a su descendencia sin necesidad de apelar al incesto. Exigiendo que se parecieran a ellos, por ejemplo, y que aceptaran sus ideas como buenas, sus creencias como legado, sus idolatrías como cúmplases, su avaricia como razonable y aun sus vicios como humana debilidad.

En cada padre salutífero hay, sin embargo, un secuestrador y un mandarín. Y cada vez que un talento se impone es porque ha logrado abandonar la gravedad parental. Un hijo en buen estado es como el cohete que parte de Houston rumbo a la incertidumbre (la otra posibilidad es quedarse a vivir en el hangar).

Por eso tiene mucho de admirable lo que sobre su padre ha contado, con tanta impudicia como urgencia, Jaime Bayly. Un padre empecinado en ser brutal construye no a un hijo sino a una venganza. Un padre que obliga a boxear a un niño que detesta la violencia no es un padre sino un ingeniero genetista empeñado en su propio fracaso.

Hizo bien Jaime en ser un filial renegado, aunque no le haga bien mortificarse en público para expiar la culpa que ha sido el costo de su liberación.

Jules Renard, que se pasó la vida fabricando butades, escribió alguna vez que “no todos pueden ser huérfanos”. Pero no conozco a nadie de algún brillo que no haya pasado por el rito espantoso de matar simbólicamente al padre. No estoy hablando de Francisco Tudela, por supuesto: esa historia trata de la más sincera de las codicias, de un lado, y del más postrero de los raptos, por el otro. Y en el medio hay un anciano trémulo que debió hacerse, a los 20 años, la vasectomía.

Una de las mejores historias de la literatura y del abismo que separa a padres e hijos es la del notario francés Francois Arouet, que moriría en 1722. Tenía cinco hijos este notario, tres de los cuales vivían la cordura de las ambiciones comunes. Dos de ellos, sin embargo, eran su preocupación y su queja permanentes: Armand, que se había convertido al jansenismo y pasaba los días en debates teológicos, y el menor de todos –Francois Marie– que desde muy niño se interesó por la poesía.

–Tengo dos hijos locos –decía el notario–. Uno está loco en prosa y el otro está loco en verso. El loco del verso resultó siendo Voltaire.

¿Recuerdan a Vargas Llosa mirando a su padre por primera vez a la edad de los diez ­años? Si Mario no se hubiese separado, más tarde, de esa figura que profería discursos “panamericanistas” y moralina de la vieja Miraflores, pues no se habría casado con una tía diez años mayor ni habría contraído la ira que le permitió escribir sus tres grandes novelas. Claro que Mario también las escribió para que su padre lo admirase y se rindiese. Porque la sangre, inevitable y felizmente, también llama al amor y procura el reencuentro.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista