Después de tanto tiempo

La señora Chabela tiene 60 años de edad y su vida se hace cada día más monótona y gris, pero, a veces, se alumbra cuando recuerda la insistencia de un jovencito que hace 40 años quiso convencerla de que sí tenía corazón. “¿Qué habrá sido de ese chico raro que decía extrañarme y quererme sin conocerme bien?”, pregunta cuando la imagen de aquel chico llega a su memoria como una chispa de luz, como un soplo de aire fresco.

| 26 setiembre 2012 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 608 Lecturas
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Chabela jamás se casó, ni tuvo hijos; pero sí varios amores fríos que pasaron por su vida sin dejar huellas. Cuando tenía 22 años y estaba inmersa en la soledad absoluta por un amor mal curado se le apareció un jovencito cursi y sonriente que trataba de enamorarla. Ella no le hizo caso porque tenía miedo de lastimarlo, pues estaba convencida de que los hombres que estaban con ella serían condenados al infortunio. “¿Qué habrá sido de ese chico raro que decía conocerme porque me parecía a su mamá?”

Hace poco, Chabela daba vueltas en el parque junto a su perrito “Tony” y vio, desde una banquita de madera, a un hombre, un poco mayor que ella, trotando. El hombre tenía en su mirada el mismo brillo que poseían los ojos grandes del chico que quiso convencerla de que sí tenía corazón. Ella sonrió tanto que hasta “Tony” se sorprendió.

Cuando el hombre se acercó a la banca, ella gritó: “Sargento, sargento, soy Chabela”. El hombre paró y dijo: “Hola, señora, ¿disculpe?”.

Hubo un largo silencio que fue interrumpido por un ladrido fuerte y hacia el cielo de “Tony”.

—Sí, usted, es el sargento, que hace 40 años quiso convencerme de que yo sí tenía corazón.

—Chabela, no puedo creerlo. Está igual de bella como siempre.

—No empiece con eso. ¿Cómo le ha ido?

—No me ha ido mal; pero me costó recuperarme después de que usted me dijo que “no”.

—Perdóname.

—Fue raro, porque después de su rechazo yo empecé a creer que no tenía corazón. Hasta ahora no me he convencido de lo contrario.

Chabela miró en silencio los ojos grandes del hombre y le dijo otra vez: “Perdóname”.

—Perdóneme usted por no insistir. Cuando me dijo que no, no solo cambió su destino, también cambió el mío.

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El Escorpión

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