Democracia cibernética

Ha muerto Steve Jobs a los 56 años, cuando el promedio de vida supera ya los 80 años. Pérdida prematura e inmensa para la creatividad humana. Esta triste noticia da pie para reflexionar, en homenaje suyo, sobre la pasmosa velocidad del cambio tecnológico a la que él tanto contribuyó.

| 09 octubre 2011 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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En 1955, año en que nace Jobs, el Perú se comunicaba por telégrafo. Al borde de las carreteras, interminables líneas de postes unían los pueblos. Aquellos postes que, solos, cruzaban montes y desiertos eran vigilados y asistidos por jinetes reparadores, así se llamaban. Al escribir se cultivaba el arte de la síntesis, cada palabra costaba en los telegramas. En provincias, el teléfono era remedio en casos de extrema urgencia, no al paso ni en cualquier lugar, en una oficina que los brindaba muy caros. El género epistolar no estaba extinto, viajaba lento y elegante en valijas de lona. La radio era novela, música y noticia. La radiola presidia la fiesta y la cámara fotográfica una máquina sin pilas, diurna, colectiva y compleja. La filmadora, cosa de cineastas y películas sólo en el cine. En el Perú del 55 los sucesos llegaban tarde o sencillamente no llegaban.

Hoy, la realidad lejana se percibe inmediata. La tecnología ha superado la fricción del tiempo y el espacio, gracias, entre otros, a Steve Jobs. Millones de individuos portan hoy reloj, calculadora, música, teléfono, radio, cámara, filmadora, sensores de altitud, temperatura, humedad, reportes de clima, comunicación y auto ubicación global y cada vez más funciones, en una cajita chata que acerca todo a la velocidad de la luz y se llama, genéricamente, celular.

La democracia actual, gracias a la tecnología, tiende a parecerse a la que fundó Grecia, a aquella que habitó en el ágora y que posteriormente se perdió y se hizo ancha y ajena por el tamaño de la ciudadanía y la complejidad de los asuntos que trataba. En ese cambio de escala, los instrumentos de comunicación moderna actuaron al inicio llevando monopólicamente información modulada del poder, monopolio que rompió la tecnología en favor de la sociedad civil haciendo del mundo un ágora cibernética.

A diferencia del 56, el 2011 la ciudadanía no necesita tarjeta de invitación ni llega tarde a los acontecimientos, y si estos pretenden ser tapados por el poder, allí están las redes sociales y los celulares para descubrirlos. Las revueltas árabes, los indignados de Europa, Wikileaks, los videos de Montesinos, los petroaudios, tienen un común protagonista: la tecnología renegando de los poderosos y poniéndose al servicio del veredicto social.

Hemos llegado a un punto en que la democracia es información y si en el siglo pasado la información oficial era sólo sospechosa, ahora ya pocos creen en ella. Sabemos que un pueblo desinformado vive en dictadura, por ello defendemos la libertad de prensa pero, si ésta faltara digo, es un decir, acudiremos a las redes sociales. Gracias Steve Jobs.


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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto