Democracia y mercado

El primer ministro griego Yorgos Papandreu ha convocado a un referéndum para votar el plan de rescate propuesto por la Unión Europea. En un giro dramático frente a una solución que apenas hace una semana era anunciada en Bruselas como “definitiva”, el líder socialista ha decidido consultar a los ciudadanos.

| 03 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Grecia es una de las mayores víctimas de la crisis mundial. Hace un año que aplica cumplidamente las recetas de austeridad que le dictan el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo. El resultado ha sido mayor depresión, fuerte desempleo y una masiva protesta. Mediante paros y huelgas generales, el pueblo ha dejado sentir su indignación por el recorte del gasto público.

Ante el nuevo y drástico paquete de medidas, Papandreu decide jugarse entero para recuperar su legitimidad, pues compromete una deuda de 179 mil millones de euros. Grecia sufre el fracaso de la doctrina económica que exige que en el periodo posterior a la crisis, los bancos sean rescatados y los ciudadanos paguen la cuenta. El dogma dice que se debe “recapitalizar” a la banca (que generó la crisis con la liberación excesiva del crédito) para tranquilizar a los mercados. La receta se completa con el recorte radical del gasto público para recuperar la confianza.

Paul Krugman señala que la ortodoxia económica ha acabado por crear el contrasentido de la “austeridad expansiva” en lugar de invertir para crear empleo. El resultado es obvio: los bancos subsisten y los ciudadanos se arruinan.

La situación es compleja porque se trata de una crisis que afecta a la zona del euro, esto es a 17 países que tienen una moneda común y un solo banco que la emite. Si el plan es rechazado, probablemente acaben fuera del área y con ello la propia unidad europea sufrirá un durísimo golpe. El tema de fondo es si las soluciones ortodoxas son las únicas posibles o si caben alternativas. Los devotos del mercado dirán que es lo único que se puede hacer. Sin embargo la pequeña Islandia acaba de demostrar lo contrario.

Este país vivió desde inicios de siglo la fiesta de la desregulación de los mercados y de los créditos ilimitados. Apareció como el de mayor nivel de vida en el mundo hasta que se descubrió que la prosperidad tenía pies de barro. La bonanza provenía de la especulación financiera. Cuando llegó la hora de pasar la factura, sus bancos estaban en el suelo. Los neoliberales promotores del “milagro” fueron derrotados en las urnas y el nuevo gobierno optó por un camino diferente. Dejó que los bancos terminen de quebrar pero mantuvo la seguridad social y como dice el propio Krugman, salvaron la decencia en medio de serias dificultades.

El reto de los griegos es interesante: los mercados sin rostro, las grandes compañías y los inversionistas internacionales, frente a la opinión directa del pueblo. En la cuna de la democracia, los ciudadanos tienen la palabra.


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