Dejemos de mendigar

Las declaraciones de Bill Gates sobre que el Perú no debe recibir donaciones porque tiene recursos y hasta puede ser un país desarrollado, causaron cierto alboroto y rechazo.

| 08 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Como suele suceder, Gates acabó demolido por su condición de empresario transnacional, insensible a la pobreza de nuestro país. Las vestiduras se rasgaron clamando que tenemos 30% de pobreza y a más de tres millones en la miseria, además de altos índices de desnutrición y mortalidad infantil.

Eso es cierto, pero el dueño de Microsoft tiene razón. Lo que se discute no es nuestro déficit social sino si nos corresponde seguir recibiendo plata regalada, aquello que en el lenguaje de la burocracia internacional se denomina “cooperación técnica no reembolsable”,

Sucede que desde hace varios años los países cooperantes y los receptores, firmaron la Declaración de París, propiciada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), a fin de establecer las pautas para el uso de la plata obsequiada por los países ricos.

Este esquema nació con el plan Marshall que permitió la reconstrucción de Europa después de la II Guerra Mundial y luego se tradujo en un sistema regulado por la OCDE para canalizar las ayudas humanitarias o impulsar pequeños proyectos de desarrollo. La Declaración de París permitió ordenar procesos que se habían desperdigado y estableció criterios para que la ayuda se haga en función de las normas y el interés de los receptores. Sobre todo quedó claro que debía orientarse a países con menos de mil dólares per cápita anual, esto es a los más pobres de la tierra.

En el Perú la cooperación empezó a sistematizarse desde la recuperación de la democracia, con la creación de la Agencia Peruana de Cooperación Internacional, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores. El propósito era poner orden en la ayuda gestionada por el Estado peruano como parte de sus relaciones internacionales, ya que por ley incorpora lo donado como recurso público. Supervisar su ejecución se volvió una tarea elemental.

Cuando se reabrieron las puertas de la cooperación, el per cápita ya superaba los dos mil dólares y en la década pasó los cinco mil, por la dinámica del crecimiento. De hecho el Perú se convirtió en un país de renta media alta. Todos sus indicadores mejoraron positivamente en relación a los noventa. Incluso la cifra que cita Gates de diez mil dólares, se refiere a uno de los métodos habituales del Banco Mundial, el de la paridad adquisitiva (bordeamos los 8500 dólares).

La cuestión es que ya no clasificamos para que nos regalen plata (lo que ha creado toda una sociología de la mendicidad, sobre todo entre los privados). Varios países ya han retirado sus agencias y esto obliga a racionalizar y focalizar la ayuda en la extrema pobreza. El Perú ya tiene recursos para combatir sus brechas y muy bien puede triangular esa cooperación a zonas misérrimas, como lo hacemos ya con Haití.


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