Decadencia de la prensa

La empresa encuestadora Ibarómetro encuestó a 240 periodistas argentinos y resultó que el 52 por ciento de ellos considera que las empresas donde trabajan no respetan la libertad de expresión de los hombres de prensa.

| 23 diciembre 2008 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 926 Lecturas
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Mucho menos que aquí, aunque, claro, aquí todos le huyen al tema y el día en que Ipsos-Apoyo haga un sondeo parecido ese será el día en que García será sobrio, Fujimori honesto, Lucecita recatada y el curita Martín todo un retador de peso mosca.

Cada día que pasa la derecha mundial maneja de modo más directo sus fábricas de almas –que eso son, dicho huachafamente, los periódicos- y controla con personeros más atentos a los periodistas que quieran salirse del cauce.

Mantener desinformado y en estado de sonámbula idiotez al soberano: ese es el asunto. Y si para eso hay que establecer la dictadura del protectorado, pues bienvenida la dictadura del protectorado (norteamericano).

Las cosas en Argentina han caminado de mal en peor para los colegas que creyeron que con la democracia del voto viene la democracia del periódico, la libertad de las opiniones en un marco responsable, las investigaciones serias que pisen callos.

En Canal 13 de Buenos Aires, por ejemplo, el departamento de prensa ha elegido hace unos días a sus representantes gremiales. Dos de los ocho candidatos a delegados ya habían sido despedidos por la empresa, que pertenece al poderoso grupo Clarín, y la urna de votación fue puesta a propósito debajo de una cámara de seguridad que grababa a todos los participantes. Las cintas han ido a parar a Recursos Humanos.

Ricardo Junhanns, elegido delegado sindical y despedido brutalmente por la empresa, no se ha callado: “En Canal 13 los periodistas vivimos como en la época de Videla”.

Pero por lo menos en Argentina se lucha, se terquea, se reta.

En el Perú, en cambio, la norma es el acatamiento y los periodistas de los periódicos son, en la mayoría de los casos, dateros que escribirán lo que otros habrán de pasteurizar y corregir.

Porque en el Perú la prensa no la hacen los periodistas sino los propietarios a través de sus capataces. Es como si el oficio hubiese perdido su dignidad primordial. Es como si en los quirófanos operaran los accionistas de la clínica.

Para esta masiva castración era necesario, desde luego, expulsar de las redacciones a quienes asomaran una cuarta en la línea del horizonte. Es que esas promesas, esos chicos y chicas brillantes podían salir respondones.

Un ejército de hormigas invadió, entonces, muchas redacciones. Estaban programadas (las hormigas) para la anuencia. Y aceptaron el trato: ustedes escribirán lo que convenga, la libertad la traerán los columnistas surtidos que adornarán el periódico.

Y así ha sido. En la información misma está implícita la ideología. Si conviene decir que en tal mitin hubo tantos y no los que estuvieron, pues se dice. Si se tiene que calumniar, se calumnia. Si se requiere de la tergiversación, se tergiversa. Todo vale con tal de que el periódico sea arma blanca al servicio, en general, del adormecimiento, el reuma cerebral y el quietismo social.

Hace algunos meses, los jóvenes de “Todas las voces” fueron presentados por esa banda uniformada que se hace pasar a veces por Policía Nacional como “delincuentes terroristas”.

Las chichis rampantes, las chichis de todas las raleas se sumaron al coro. Y repitieron el libreto de la Dircote: “Esta gente tenía planes de atentar contra la residencia del embajador de los Estados Unidos y contra Palacio de Gobierno”.

Pues bien, una sala penal presidida por el magistrado David Loli Bonilla ha declarado que todo era falso, que la policía no aportó ninguna prueba, que la acusación fiscal no tiene sustento y que la denuncia debe archivarse.

¿Cuántos de los periodistas que difamaron a “Todas las voces” tendrán el coraje de publicar sus rectificaciones y sus disculpas? ¿Cuántos medios reconocerán que fueron altoparlantes conscientes de la Dircote?

¿Y cuántos dirían, sabiendo que es así, que la Dircote vive de inflar el fenómeno del terrorismo y de “encontrar” terroristas inventados para seguir pidiendo partidas extraordinarias, bonificaciones de excepción, libramientos secretos y vales más opacos que sus jefes?

Hablando de esta crisis de identidad del periodismo sin periodistas, vayamos al ejemplo más ilustre.

Nadie discute el derecho del más viejo de nuestros periódicos a ponerse en el sitio que quiera. Pero el lector merece respeto y el protocolo del periodismo serio exige que los titulares resuman lo que se leerá más abajo.

Eso no sucede con “El Comercio” de hoy. Queriendo emocionar a la platea con el asunto del Vizcatán, el periódico titula a todo columnaje: “Los combates son a sangre y fuego”. Uno se imagina una batalla cuerpo a cuerpo, una película sobre la playa Omaha de la Normandía.

No hay nada de eso en el texto, sin embargo. El cronista repite lo que le dicen los policías, lo que le cuentan los agentes de imagen de la policía. No comprueba nada, no cruza ninguna información, no habla con ningún poblador, no presencia ningún combate.

Lo que sí hay es una frase significativa, probablemente la única sincera del reportaje: “Sin embargo, el enemigo sigue allí: incansable, numeroso y conocedor de su territorio”. ¿Y las batallas a sangre y fuego no lo han mermado, no lo han obligado a salir de sus madrigueras? ¿Y cómo sabe el cronista si el enemigo es numeroso? ¿No será que está mejor armado? ¿No será que hay filtración de datos sobre desplazamientos y caravanas? Todo se desconoce. La crónica se queda en la neblina. Es un publi cachaco que pende de un titular inexplicable.

Cuando la semana pasada el TC dio vergüenza y votó en dirección de la prescripción del caso Frontón, “El Comercio” de inmediato se arrimó al fogón de Palacio: “Constitucionalistas opinan que pronunciamiento del TC es legal”. ¿Era Eguiguren quien lo decía? ¿Era Bernales? ¿Era Valega? ¿Era siquiera el decano del CAL? No, eran Domingo García Belaunde y Jorge Power. Eso se llama un servicio delivery y sin recargo. Además, la nota nada decía de cómo fue que un miembro del TC cambió su decisivo voto, historia sórdida que ensombrece el proceso. Y nada decía de las impropias declaraciones de Alan García elogiando el fallo que lo favoreció.

Y cuando Michelle Bachelet, la presidenta de Chile, tiene el cuajo de decir que “para Chile no hay ningún tema pendiente con el Perú”, el diario “El Comercio”, que consigna esas palabras en el último párrafo, titula así la crónica de su corresponsal en Santiago: “Presidenta Michelle Bachelet afirma que su país no es una amenaza para nadie”. ¿Cómo? ¿Y no es una implícita amenaza negar lo del mar arrebatado, el hito movido y la apelación peruana ante La Haya? ¿No era ese el titular más conveniente desde un punto de vista estrictamente noticioso?

Digamos que “El Comercio” hubiese puesto: “Presidenta Michelle Bachelet afirma que no hay temas pendientes con el Perú”. ¿No era esa una pulcra manera de decir la verdad sin aspavientos?

Pero, claro, no estamos hablando estrictamente de periodismo. Porque cuando el señor Pepe Graña Miró Quesada, importantísimo accionista de “El Comercio”, se asocia en condiciones de segundón con una empresa chilena y consigue Collique a 28 dólares el metro cuadrado y obtiene que el Estado les dé un bono de 178 millones de soles “para arrancar las obras”, me dirán ustedes si a la hora de hacer un titular sobre la señora Bachelet no rondará por allí la sombra embilletada de Graña y Montero (y ahora Besalco).

La prensa, que es la última línea de resistencia ante el avance del pensamiento único y la estupidez que quiere ser unánime, pasa por una crisis mundial. El Perú tampoco estaba “blindado” para esta tormenta. Y con García al mando, las amenazas de homogenización han aumentado.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista