De primera

El presidente Alan García ha dicho que erradicar el analfabetismo es uno de los objetivos de su gobierno.

Por Diario La Primera | 22 jul 2009 |    

El problema, como dicen algunos educadores metidos en los problemas del presente, no es esa franja, cada vez más reducida, de analfabetos abiertos y censados.

El problema es el analfabetismo funcional. O sea aquel que consiste en no ejercer de lector (ni siquiera en Internet).

Ahora bien, hay varios tipos de analfabetos funcionales.

El primero es el que no lee a secas y al que la sesera de las letras se le va secando hasta quedar como dátil.

El segundo es el que lee alguna prensa de cincuenta céntimos y reduce su consumo de información y cultura a una dieta de muerte lenta. Son los señores que terminarán creyendo que Melcochita es un gran actor, el fútbol peruano un arte incomprendido, la viveza criolla algo plausible y la señora Valcárcel una diva.

El tercer tipo de analfabeto funcional ha logrado, por lo general, un sitio encumbrado en la escala modificada de la burocracia (lo que demuestra que en el Estado las exigencias no son muy grandes).

Estos señores son casi vírgenes del hipotálamo, cerokilómetros del ventrículo cerebral izquierdo, sin estrenar del lóbulo frontal. Tienen, además, una memoria con decenas de gigas sin usar.

Y, sin embargo, son tan eficaces como obedientes. Resultan imprescindibles a la hora de formar comisiones, nombrar directorios públicos, corretear detrás de un expediente. Y es que para ser eficaz en un Estado como el nuestro se puede prescindir de la incómoda inteligencia. La anancefalia y el ascenso en el funcionariado son, en el Perú, cosas perfectamente compatibles.

De lo que no es posible prescindir en ese mundo es de la obediencia y la lealtad con rabo. No hablo de la lealtad a una idea ni de la obediencia a un destino sino de la lealtad a un sátrapa y la obediencia a un califa.

El analfabeto funcional de este rango ha borrado todo asomo de duda y se ha instalado en ese mundo en el que los demás están equivocados y uno es el que lleva la cruz nunca entendida de la verdad.

Si fuera honesto y alguien le preguntara cuál es el último libro que ha leído, tendría que recordar los cromos de Coquito, las hazañas aéreas del Hombre Araña, el cielo sellado por la señal de Batman. Pero como la honestidad le es tan ajena como la lectura, el analfabeto funcional tipo 3 dirá: “La agonía del Estado-nación”.

Y por supuesto que de Fernando Fuenzalida no ha leído ni la biografía que de él figura en la enciclopedia de Milla Batres.

Pero así es esta criatura surgida del presupuesto y para el presupuesto.

Todo en él es simulación y pura apariencia.

Se puede decir aprista, pero de Haya sabe lo que le escuchó decir a Villanueva y las reseñas que alguien le preparó para una charla en Pomalca.

Y está convencido de que el doctor García es un pensador. Porque los analfabetos funcionales aman la prosa del doctor García.

Este espécimen de escalador brioso de cargos y honores está dotado de un blindaje de locuacidad y dominio de escena que lo hace parecer siempre solvente e impertérrito.

Muy pocas veces, como si de un guiño irónico se tratara, suelta un “teníanos” que expresa su verdadera identidad. Pero eso sucede con mínima frecuencia. Por lo general, parece un presidente de Congreso y hasta un presidente de Consejo de Ministros. Porque los analfabetos funcionales son de primera.

Referencia
De primera

    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista