De presidentes y extremistas

La rebelión y la insurgencia reconocida en la Constitución de 1979, por la cual juramentó el Presidente, y en la actual de 1993, están presentes en esta coyuntura contaminada con la represión y la violencia. Conga es el eje de todas las discrepancias que no solo se dan en Cajamarca, todo el país está en vilo y angustiado por los resultados de los conflictos sociales.

| 08 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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El diálogo de Gregorio Santos con la multitud reunida en la Plaza de Cajamarca, en términos impersonales, ha originado la gran grita mediática que el gobierno y el fiscal de la Nación no han dudado en asumir con singular rapidez y desproporción dando a Santos el mayor protagonismo político que seguramente nunca soñó.

El presidente norteño es el extremista que lidera multitudes con afanes antimineros y hace recordar, cómo no, al Ollanta Humala de 1998, insurgente, liderando a sus soldados que recorrieron perseguidos los altos territorios de Moquegua. No es el mismo caso pero similitudes existen. Felizmente para Ollanta no tuvo al frente en ese momento a un premier como Óscar Valdés pues de seguro no sería hoy Presidente.

Ni el mejor abogado gobiernista podrá probar que en su famoso diálogo con la multitud Gregorio Santos se refirió a Ollanta Humala como el presidente que “incumple su palabra” y “no honra sus compromisos”. Usó una generalidad aplicable a casi todos los mandatarios en el continente aunque no todos lo tomarían en serio.

El calificativo de extremista es aplicado a todo reclamante a favor del medio ambiente y contra los abusos de la minería pero también a quienes impulsan la respuesta armada y abusiva para reprimir toda protesta. El desconcierto juega en pared con la indignación y la exacerba con torpezas como el encarcelamiento del alcalde de Espinar o el enjuiciamiento posible al presidente regional Santos. La imagen de un gobierno represivo que no admite razones mientras genera muertos está en las antípodas del diálogo ofrecido y esperado que como sabemos es un proceso lleno de encuentros y desencuentros, evitando incidentes que lo hagan imposible como está lamentablemente sucediendo.

Locumba liderada por Ollanta fue una rebelión contra una transición pactada sin garantías para la democracia. El presidente conectó su levantamiento con el hartazgo moral y recorrió un camino legítimo hacia el poder que hoy ostenta al que llegó con el voto antifujimorista. Por ello resulta difícil admitir que hoy asuma posiciones que lo deslegitiman, apoyado y estimulado por los medios de una derecha que lo alienta a disparar contra quienes fueron sus votantes y aliados. La obsecuencia se paga con deslegitimación. Estamos en una vía demasiado peligrosa en la que derecha y el fujimorismo baten palmas mientras su otrora antagonista es celebrado como uno de los suyos.

Y si falta memoria estamos ante un Ollanta que también pidió la vacancia de Alan García por los dramáticos sucesos de Bagua y no por eso fue perseguido y denunciado.

Urge recuperar la perspectiva, retornar a los principios, no dejarse llevar por la violencia suicida contra un pueblo que votó por un insurgente rebelde. Que se recupere el acercamiento y el diálogo, que se descarte la mano dura, que los muertos no los cargue un presidente de raigambre y voto popular. Cambiar al premier violentista es imperativo para cambiar la etapa.


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