De jefe a vigilante

Ese día que le comunicaron su ascenso de vigilante a guardaespaldas del jefe máximo del banco, quiso celebrarlo con unas cervezas. No lo hizo, porque su primera misión como guardaespaldas empezaba al día siguiente de que le dieron la buena noticia.

| 26 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 3k Lecturas
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—Vigilante Antonio Palomino, desde mañana tendrás nuevas responsabilidades. Custodiarás al jefe. Nunca estés tan pegado, nunca estés tan alejado de él. Siempre alerta. ¡¿Entendido?!

—¡Entendido!

El ascenso era un premio para él que había demostrado en poco tiempo ser un buen vigilante con apenas 22 años de edad.

—¿Ah, usted es el nuevo, usted es el que estuvo en el Ejército?

—Serví a mi país en zona de emergencia, jefe.

—Ok. Mira, hijo, mañana tengo que ir de todas maneras a una ceremonia porque estará el Presidente de la República. A mí no me gusta que estén tras de mí como un chicle. Pero sí muy alertas, por cualquier cosa. ¿Ok?

—Afirmativo, jefe.

Cuando llegaron, la ceremonia protocolar del lanzamiento de un nuevo programa estatal ya había terminado. El Presidente de la República le hizo una seña con las manos al jefe antes de escaparse de la prensa. Las principales autoridades de la Nación estaban ya rejaladas. Había música en vivo, comida, todo tipo de tragos; un banquete total.

El jefe del banco se encontró con sus amigos, todos lo saludaban con reverencia, con cariño. Con tanta gente amigable, Antonio sintió que estaba sobrando. El jefe le hizo una seña como para que se relajara.

Antonio entonces se paró al lado de una columna. Los mozos lo miraban y le ofrecían. “Sírvase, señor”.

“No, gracias”.

“Sírvase, señor”.

“No, gracias”.

Le insistían tanto los mozos, que Antonio empezó a servirse porque no podía callar al tigre que rugía tenazmente en su estómago.

Un “sanguchito”, otro “sanguchito”, otro más; una gaseosa, un vino, otra gaseosa, otro vino, un whisky, otro whisky, otro más y otro y otro. Pasó una hora y Antonio no podía caminar. Se pegó a la columna. Estaba totalmente ebrio.

Al rato, se acercó su jefe. “Qué te pasa, hijo”. Él no podía responder. El jefe llamó a los vigilantes. “Por favor, lleven a mi amigo a mi carro, que ya salgo”.

“Qué, pensaste que tomar whisky es como tomar cerveza”. Antonio estaba dormido. El jefe entonces lo cubrió con su saco pensando en un hijo suyo de unos 25 años.

Esa tarde era la primera vez que el jefe cuidaba de esa manera a un custodio suyo y era también la primera vez que el custodio Antonio recibía tantas atenciones como esa tarde.

Al día siguiente, Antonio volvió a ser un vigilante más.


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