Dar la mano

“Dame la mano bien, no me estás dando nada”, le decía un maestro a un alumno desganado. Sucede que nos encontramos a diario con muchos desganados que saludan con la mano pero sin dar nada. Dan la mano sin mirar a quien se la dan, o mirando la mano del que saludan, o dan la mano mirando a otros, o al suelo, o al aire, sin ganas, sin propósito, de manera que es mejor que no la den.

| 30 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 958 Lecturas
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Para muchos lo que recordamos con más fuerza es el primer contacto, el inicio de una relación. Me refiero al encuentro casual o programado en el que haya que hacer uso de la convención social, del acuerdo tácito, por el que sabemos que, luego de reconocernos, nos saludamos dándonos la mano. Dejaré de lado las formas amicales en actual uso por los jóvenes como la de chocar los puños e iniciar un breve danza de pequeños golpes de mano o la de chocar las palmas. Hablaremos del dar la mano en los encuentros sociales o de trabajo.

Partiremos del hecho reconocido de que dar la mano es una convención que aceptamos como uso y costumbre social en el encuentro interpersonal y como paso previo a iniciar una conversación cualquiera. Sí esto es así, si es que aceptamos esta regla de uso y costumbre, pues entonces ¿por qué es que la más de las veces nos encontramos con manos desabridas por decir lo menos? Manos flojas, apuradas, desganadas, sin firmeza, dadas en el saludo como por gusto o por cumplir. De seguro, amable lector, le estarán apurando a la mente los rostros de los propietarios de esos saludos y de esas manos. Reconozcamos que saludar de esta manera es, por decir lo menos, un acto inútil. Un saludo por cumplir con el ritual, con la costumbre y en opinión de un querido amigo “un intercambio de bacterias”.

“No me das nada” decía el maestro porque sentía que quien así lo saludaba no trasmitía nada, no había vibración en él, la emoción se quedaba en el intento y no se manifestaba en el saludo. No es, pues, la mano la culpable de esta pobreza salutatoria, culpable es el propietario de la mano.

Si vamos a saludar dando la mano hagámoslo con energía, no me refiero a triturar la mano del otro, hablo de hacerlo con ganas, con verdad, que no sea un saludar por saludar. Saludar debiera ser la más de las veces la celebración del encuentro, La presentación que utilizamos estará comunicando de entrada nuestro estado de ánimo, la emoción que nos produce el reconocernos en el otro. Claro está que el saludo va a depender siempre del otro y de los otros, es siempre una interacción y no tenemos que tener un molde por saludo ni para cada saludo. Cada encuentro será revelador y en cada uno debemos, sea cual fuere la situación, mostrar lo mejor de nuestra personalidad. Al dar la mano, miramos primero a los ojos que no a la mano del otro, y saludamos con la energía suficiente que comunique quiénes somos y cuán dispuestos estamos a sostener el encuentro. Cuando a mí me dan la mano sin mirarme suelo mantener el apretón hasta conseguir ser mirado y cuando no lo consigo me siento mal, lo cual me parece injusto ya que quien debiera sentirse mal es el que me saludó sin tener ganas de hacerlo. Es decir, cuando me dio su mano, no me miro y no me dio nada.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista