Cuestión de caras

Viendo al doctor Juan Vergara Gotelli, presidente de esa casa de intolerancia que es hoy el Tribunal Constitucional, es difícil no recordar al excesivo Cesare Lombroso.

| 28 octubre 2009 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 782 Lecturas
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Hay algo misteriosamente deficitario en esa mirada y una pincelada de severidad decrépita en ese puchero centenario que lo retuerce.

Ayer estaba más retorcido que nunca, después de que la OMS y la OPS –las máximas instituciones de la salud a nivel mundial y continental respectivamente- reafirmaran que la píldora del día siguiente “no es abortiva”.

Pero hablando de caras, ¿con qué caras nos mirarán los congresistas que ayer votaron en contra de la renovación parcial del parlamento?

¿Con cara de sinvergüenzas, como deberían? ¿O con cara de inocentes, como lo harán?

La impudicia es que, al rechazar el mecanismo de regulación de la aprobación por tercios o por mitades, los congresistas han votado por sí mismos y han pensado en su estabilidad laboral mucho más que en la regeneración del sistema democrático.

Una renovación congresal a mitad de gobierno sirve no sólo para descargar tensiones sino para actualizar la correlación de fuerzas, castigar a los ineptos y facilitarle al elector la posibilidad de corregir errores y revitalizar el concepto mismo de la democracia.

Grave error el cometido ayer por la Comisión de Constitución. Tan grave como rechazar también el voto facultativo, con lo que se reconoce que la democracia peruana tiene pies de barro.

En efecto, si la democracia consiste en un ejercicio de la libertad –en una orquestación de diversas libertades limitadas tan sólo por el bien común-, ¿qué diablos significa que el voto sea un deber y no un derecho?

Pues significa que en el Perú, a pesar de lo que digan algunos, sí hay ciudadanos de segunda. Y que ellos deben ser reclutados para votar, levados por la obligación e intimidados por la ley.

El congresista Raúl Castro Stagnaro, del PPC, definió ayer muy a su estilo a esa subciudadanía: “Imagínense lo que sería dejar a millones de peruanos que no han tenido la educación suficiente a expensas del voto facultativo...”

Muy bien. Entonces, hay que arrear al electorado para “que cumpla con la ley”.

No importa que un alto porcentaje decida su voto en la cola de la votación, preguntándole a alguien cinco minutos antes de encerrarse en la cámara o convenciéndose gracias a la música de un spot publicitario.

A esa ceremonia cuantitativa y penosa, tan vigilada como sonámbula, la llaman “legitimidad democrática”.

Que con su pan se la coman.

Y siguiendo con lo de las caras, ¿qué amargor habrá pronunciado el ceño de Elena Yparraguirre ayer, cuando se enteró de que el cura Marco Arana no quiere saber nada ni de ella ni de su marido –el de las bodas de sangre-, Abimael Guzmán?

Porque la señora Yparraguirre se atrevió a elogiar a Arana y a decir que el senderismo, dejando atrás el anfo y el degüello, quisiera entenderse con él.

Claro, era una manera de solicitar una amnistía social y de sondear la posibilidad de que la democracia imperfecta que vivimos acogiera, de puro estúpida, a quienes quisieron dinamitarla.

La señora Yparraguirre se ha vuelto a equivocar. Ella no es una guerrillera heroica que quiere dejar el fusil. Ella fue una asesina serial que secundaba a un mutante del marxismo.

No es una arrepentida: es una contumaz que llama a sus crímenes “excesos militaristas” y que sigue evocando, con orgullo, la supuesta epopeya del maoísmo forajido.

Muy bien ha hecho Arana despreciando a la señora y a su señor. Y muy mal han hecho los que han querido liquidar al cura aproximándolo maliciosamente con Sendero. ¿Qué caras pondrán ahora? Quisiera verlos.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista