¿Cuándo se acabará el infierno?

¡Chino, contigo hasta la muerte!, gritaron las multitudes en el estadio de River Plate y luego en la Plaza de Mayo para saludar a Jorge Rafael Videla, luego del Campeonato Mundial de Fútbol de 1978.

| 31 marzo 2013 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.7k Lecturas
¿Cuándo se acabará el infierno?
No termina la perversidad al finalizar la dictadura. La justicia se pone a prueba cada día.
La perversidad y el pánico son los únicos medios “de persuasión” que utiliza un gobierno terrorista.
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A poca distancia de allí, una prisionera daba a luz sin auxilio médico y se la dejaba desangrarse. El niño, arrebatado de su vientre, era llevado a otro sitio para ser vendido o entregado a militares incapaces de procrear.

En un cuartel cercano, alzaban vuelo los helicópteros con su carga de presos políticos para torturarlos arriba y luego arrojarlos sobre el Río de la Plata. Por buena razón, se dice que el infierno estaba en la Casa Rosada.

En ese país como en el Perú, Chile, Uruguay, Brasil y un largo etcétera, existió un clima de apoyo cuando no de complicidad en los sectores judiciales, eclesiásticos, legislativos, policiales, y sobre todo en los medios de comunicación masiva que se convirtieron en portavoces y propagandistas de los gobernantes infernales.

En actitud de cambio, el cardenal de Argentina, ahora Papa Francisco, pidió perdón a ese país por la participación de la Iglesia en el terrorismo de estado. Creemos que, en su pontificado, ratificará la condena contra esa manera satánica de gobernar.

En el Perú, la complicidad civil se puso antifaces. Los llamados jueces sin rostro encontraban “culpables” y condenaban a largas penas de prisión en sólo una o dos horas de audiencia a personas cuyo único crimen era disentir o pertenecer a la etnia o a la región que se intentaba aterrorizar.

En Argentina, Estela de Carlotto relató que, al buscar a su nieto, el juez de menores le mandó a decir que no insistiera porque “podría terminar en una zanja”. En el Perú, no quedan muchas abuelas indígenas que puedan denunciar las ejecuciones porque los cadáveres no pueden hablar.

La perversidad y el pánico son los únicos medios “de persuasión” que utiliza un gobierno terrorista. Se explican así las multitudes que aplaudían a Videla y los miles de peruanos encuestados que son partidarios del indulto a Fujimori.

Quienes manejan los controles del pánico, conducen al pueblo a una mentalidad propicia a aceptar el infierno. Aquella se expresa en un clima de sospecha en el que todos debemos probar que no somos terroristas ni antipatriotas. En esas condiciones, unos se rebelan, otros callan y muchos aplauden.

Supuestamente, el objetivo del gobierno es exterminar el terrorismo. Terrorista, sin embargo, puede ser considerado un universitario, un abogado defensor, un sacerdote o monja que hacen tarea social, un dirigente de sindicatos, un periodista o el miembro de cualquier partido de izquierda. Las pruebas incriminatorias son fáciles de fabricar.

Por eso, al pasar la dictadura, la gente que ha visto los cadáveres calcinados de los universitarios y que sabe de los miles de campesinos ejecutados en los Andes justifica cualquier perversidad con el estribillo de que así Fujimori acabó con el terrorismo.

En el Perú, los partidarios de ese terrorista de estado tienen un partido político, el fujimorista. Por el otro lado, cada vez se endurece más el tratamiento contra los presos de la guerra, algunos de los cuales se han pasado la mayor parte del tiempo en régimen de calabozo y ahora se le restringen las visitas familiares. ¿Es necesario ensañarse contra ellos?

¿Termina la perversidad al finalizar la dictadura? ¿Se acaba el infierno?... En Alemania, se desarrolló durante décadas un proceso de desnazificación. En países con tan distinto signo ideológico como Chile, Guatemala y Argentina, los antiguos torturadores — algunos octogenarios— van a la cárcel. En el Perú, Alan García y los hijos de Fujimori se dan el lujo de conminar al presidente exigiendo el indulto. ¿Cuándo se acabará el infierno?

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Eduardo González Viaña

Crónica

Colaborador