Creacionismo

Una nueva oleada antiminera se levanta en el país. Sus consecuencias pueden ser serias como sucedió en las últimas semanas del gobierno anterior en Puno.

| 10 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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El discurso tiene su tiempo y es un amasijo de posturas que concluye en la “imperiosa” prohibición de la explotación minera. Proviene en buena parte de quienes se pasaron de la lucha de clases a la lucha de razas y luego a la defensa intransigente del mundo creado por Dios.

En una primera fase sus reivindicaciones sonaban razonables contra la minería depredadora, que por demasiado tiempo había primado en el país. Al convertirse el principio del desarrollo sostenible en legislación positiva y la protección del medio ambiente en la norma, tanto en el Perú como en los países desarrollados, las empresas tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos. Están obligadas incluso a lograr la licencia social de las poblaciones en las zonas donde iban a intervenir.

Se ha avanzado de manera importante en ese sentido y de hecho la legislación protege el medio ambiente y exige políticas que eviten la depredación e incluso se establecen normas para la remediación ambiental. Esto ha hecho que, por ejemplo, en zonas tradicionalmente maltratadas por comportamientos irresponsables como La Oroya, empresas como Doe Run hayan visto suspendidas sus actividades. Paralelamente a la gran inversión, ha crecido de manera exponencial la minería informal. Madre de Dios es un ejemplo extremo de cómo el capitalismo salvaje ingresa a saco.

Hay activistas que oponen minería con agricultura, se proclaman enemigos del “extractivismo” y han encontrado un común denominador al descubrir que hay cierto respaldo popular que defiende que lo “natural”, lo creado por Dios, quede como esté. Así se han convertido en creacionistas, imaginando un mundo bíblico que desde el sétimo día debe mantenerse tal cual.

No interesa que se les demuestre que con las modernas tecnologías la contaminación ambiental puede ser manejada y que es perfectamente posible reemplazar lagunas por reservorios aún más grandes, que mejoren la calidad de vida.

Llegan al absurdo de imaginar un país sin minería, viviendo de la agricultura tradicional. En su extremismo rechazan que el Perú explote una riqueza que constituye el 60 por ciento de las exportaciones y cuya participación en el producto se ha multiplicado por cinco en lo que va del nuevo siglo. Desprecian el impacto que en la generación de empleo puedan tener los cincuenta mil millones de inversión minera para los próximos años y así soslayan el único camino seguro para la inclusión social.

Discípulos sin saberlo, del creador de la cosmovisión, Wilhem Dilthey, parecen fieles seguidores de sus irracionales “ciencias del espíritu”, que los lleva a imponer sus confusiones bíblicas adornadas con deidades locales sobre la sociedad.

Los antimineros que imaginan un mundo sin metales, son aplaudidos por financistas que desde el primer mundo nos ven como su parque de Las Leyendas.


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