Cosas de playa Barranquito

Dicen que ese día fue el más caluroso de este verano y la pasé frente a una PC conectado al tuiter + ‘mess’ + feisbuk con una docena de webs atosigándome con todos sus columnistas y directores ya revisados.

| 05 febrero 2009 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 740 Lecturas
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Yo, grave por tanta información, sólo especulaba sobre las ‘calatas’ de cierto periódico; las que parecen de la ‘promo’ de su director. Dejé atrás el WI-FI y me tomé el día de trabajo para ser el pequeño salvaje perdido en la bahía de Lima, como cuando era un desempleado más en la ciudad y oteaba el mar para forjar un espíritu sosegado. La playa escogida es Barranquito donde un restaurante posa como una mosca gigante de piedra. Muy cerca, enterré siendo adolescente un pequeño gato (fulminado por un infarto) – no se rían, pes, no es chiste, ta ke-. También, puse bajo tierra una caja de zapatos; la de las cartas de Shirley, una ex que me redujo a mínimo común múltiple. En la arena, escogí a la más bella para el cuidado de mis tabas: una mujer en bikini con los ojos grandes y el perfil recto como una mesa. Blanca cual ganso, se protegía del sol con unas gafas. Le dejo mis cosas y sumergido en el mar recuerdo con alegría a mis amigos ‘chocarreros’; los de la cuadra dos de la avenida Lima y empecé a homenajearles haciendo paradas de manos frente a olas ‘serias’; un desafío a lo macho pero con revolcón a lo monse. Para mi mala suerte vino el enamorado de la chica y tuve que marcharme sin su número de cel. Subo descalzo a la selva de concreto con el sol puesto sobre el hombro. Las piedritas hincando mis pies es un placer descubierto. Ya en la Bajada de los Baños, un hombre de camisa y pantalón y zapatos viejos carga un maletín de cuero arrugado. Es un vendedor mirando el horizonte con la mirada angustiada. Sigo mi camino, esta vez, totalmente avergonzado.

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Luis Torres Montero

Malas palabras

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