¡Corrupción!

Un socorrido recurso para empezar un gobierno sin esforzarse demasiado, es acusar de corrupción al anterior. Sin duda que se trata de un mal endémico en cualquier sociedad, al cual la naturaleza humana y el capitalismo le dan características aparentemente insalvables.

| 22 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.3k Lecturas
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En los noventa Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos convirtieron su dictadura en un régimen cleptocrático, grabado y filmado por ellos mismos. Eso se descubrió muy tarde, luego de su tercera elección. El dominio que tenían sobre los medios y la sociedad era tal que un informe de Transparency International del año 2000, mencionaba al Perú entre los países menos corruptos del mundo.

Al revelarse la monstruosidad del engaño y la fuga de los cogobernantes, la sociedad quedó horrorizada y sensibilizada. En los gobiernos democráticos la santidad no está garantizada, pero la libertad de prensa, la pluralidad política y la separación de poderes, permiten que los hechos sean descubiertos y sancionados, tarde o temprano.

Durante los gobiernos de Alejandro Toledo y Alan García, tal cosa sucedió y funcionarios o gente vinculada con actos punibles acabó en la cárcel. Cuando la preocupación se exagera, como acusar a “diez mil funcionarios apristas” o se mencionan “multas no cobradas durante quince años” por culpa de García, queda claro que no sólo es un exceso, sino una muestra de la poca seriedad con la que el humalismo se va comportando.

Los acusadores no las tienen todas consigo. Desde la agenda usurpada de Alexis Humala y la insólita visita a puerta cerrada, bajo estricta vigilancia policial del canciller ruso, el gobierno ha tenido que afrontar la proclama a favor de los cultivos ilegales del jefe de Devida, las muy graves denuncias contra sus líderes parlamentarios, uno de los cuales recibiría 5 kg de oro mensuales de los mineros informales, (300 mil dólares) por protegerlos. Hay otro cuyo operador de campaña, es detenido por un trasiego de 160 kg. de insumos químicos para el narcotráfico.

En el Congreso el asunto se vuelve cada vez más turbio. Aparecen falsificadores de títulos universitarios, proxenetas, defensores de narcotraficantes. Incluso entre los catones hay quienes acaban de favorecer a parientes de ministros y lindezas por el estilo.

Está muy bien que se organice una comisión investigadora y que trabaje en serio y a fondo. Lo que oscurece la tarea es la propia hoja de vida de los que levantan el hierro acusador más el maniqueísmo de quienes han hecho de esto una profesión de fe.

Cuando el caso es rechazado por falta de pruebas por el Ministerio Público o si es judicializado, no hay sentencia firme, esto nunca se conoce. Nadie se entera y a los medios les interesa un comino dar información al respecto.

Si Platón preguntaba ¿Qui custodet custodes?, no hay que olvidar que estos mismos moralizadores señalaban hace muy poco al presidente por el oscuro caso de Madre Mía, por los expedientes robados y los testigos comprados.

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