Corro para pensar en ti

De pronto subió de peso con una rapidez asombrosa. Algunos decían que la culpable era la tristeza por el abandono de Micaela. Llegó a pesar ochenta y cinco kilos y se asustó, porque medía apenas un metro con sesenta y ocho de estatura. Antes de que Micaela lo dejara para siempre sentado en una antigua callecita miraflorina, pesaba solo setenta kilos.

| 20 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 887 Lecturas
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No podía amarrarse los pasadores y los botones de su camisa hacían un esfuerzo bárbaro para no salir volando. Le creció la papada tan grande que parecía tener dos caras y las niñas de la cuadra cuchicheaban: “Ahí va el señor chanchito, ahí va el gordito triste”.

Acudió a un especialista. “Señor, su peso no debe pasar de setenta kilos y usted está volando. Su salud está en peligro”. “¿Qué debo hacer?”. “Hágase todos estos exámenes”.

Se hizo los exámenes. “Ya, doctora, qué hago”. “Veo que no estás tan grave”. “¿Estoy mal, doctora?”. “Relájate, hombre”. “Hable claro entonces, doctora”. “Digo que estás gordo y tu salud peligra. Debes bajar de peso si no quieres ser internado”.

Luis entonces empezó hacer dieta y comenzó a correr por las calles del barrio durante las mañanas. El golpe del abandono de Micaela seguía haciendo efecto. Luego de los primeros días de trote, le dolía hasta el alma y en vez de bajar de peso le daba más hambre y sintió que subió unos kilos más. “Carajo, carajo”, decía.

Siguió corriendo todos los días inclusive los domingos. Empezó a gustarle el trote, pero, curiosamente, no porque comenzó a bajar de peso, sino porque mientras corría pensaba en los momentos felices que había pasado con Micaela.

Pensaba en sus ojos claros, en su mirada y en esa sonrisa hermosa que brillaba a lo lejos. Recordaba sus manos y esa boquita fresca.

Una mañana mientras corría pensando en ella un vil vehículo conducido también por un vil chofer lo arrolló. Estuvo internado un año. Salió del hospital sano; pero sin piernas. Pero así, en su silla de ruedas, siguió corriendo. Obviamente ya no para bajar de peso, sino porque era la única forma de recordar los bellos momentos junto a Micaela.

Nadie sabe por qué lo había abandonado aquella mujer. Todos saben que el golpe fue tan brutal para él, que no pasa una noche sin pensar en ella. Ella no sabe que ha sufrido el accidente. Él no quiere que se entere. Ayer él me dijo que le entregara una nota a esa mujer. La escribió con serenidad. Es breve. “Amor, estoy bien. Me he acostumbrado a correr. Corro para pensar en ti”.


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