Contra la corrupción. El juicio del siglo en Brasil

La Corte Suprema de Brasil concluyó el llamado Juicio del Siglo contra 25 dirigentes del Partido de los Trabajadores y exfuncionarios de Lula da Silva. Las sentencias sumadas llegan a 250 años y afectan a personajes que van desde el expresidente de la Cámara Baja hasta líderes del PT que han recibido sanciones que suman 10 millones de dólares y penas de más de 40 años de cárcel. La más sonada es la sentencia al exjefe de Gabinete de Lula da Silva, José Dirceu, a diez años de cárcel. El PT niega los sobornos a diputados, pero la Corte estableció que dirigentes de cuatro partidos recibieron dinero por apoyar al Gobierno. Dilma Rousseff, sucesora y amiga de Lula, lo ha superado en popularidad y aceptación electoral por su decisión y ninguna interferencia en la lucha contra la corrupción.

| 01 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 710 Lecturas
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El modélico caso brasileño parece difícil de replicar en otros países de la región, incluido el Perú, desde que la corrupción está ligada al caudillismo, a jefes y cúpulas militares, empresariales, mediáticas, religiosas y políticas. Juega en contra el que no todos nos sentimos sujetos de derechos, obligados a actuar, exigir y cumplir la ley. Actuamos con indiferencia o con temor ante el autoritarismo y ante quienes tienen al Estado como fuente de riqueza personal o de grupo, como botín.

Sabemos bien que quienes están en el poder tratarán de mantenerse o de volver. Sin renovación de dirigentes o líderes poco cambiará. La participación masiva e indignada es excepcional. Pocas epopeyas se han dado como la Marcha de los 4 Suyos, en cuya organización honrosamente participamos, en la que estuvieron unidos por una fuerte convicción sindicatos, empresarios, líderes sociales y políticos.

La corrupción invade el Estado y lo hace perverso, manejado por una clase política también perversa cuyo objetivo es llenarse los bolsillos y estafar a la sociedad. Se dice que los culpables somos todos por permitirlo. Si somos todos ninguno lo es. Así se favorece la indiferencia o la permisividad de una sociedad, ingenua o pasiva, condenada al mal manejo. Así la sociedad se victimiza y transfiere culpas sin enfrentar el problema. Nos refugiamos en la cómoda y calmada resignación.

La corrupción o el enriquecimiento ilícito tienen siempre detrás intereses políticos y económicos empeñados en destruir a los pocos elementos que no les son funcionales, negociables o que no “colaboran”. Si no te roban a ti mira para otro lado y deja robar ya que siempre sucede, la depredación del erario público y la impunidad es característica que no cambiará porque te conviertas en un heraldo aislado e ineficaz. Solo estarás en el punto de mira de una eventual vendetta o venganza política como vergonzosamente acaba de suceder con el congresista Javier Diez Canseco, honesto luchador desde siempre contra la corrupción.

Muchos funcionarios ejercen un cargo público y cuando lo dejan ya son millonarios. Los jóvenes lo ven normal porque el discurso anticorrupción pocas veces se concreta. La denuncia de los corruptos es limitada porque el denunciante siempre sale mal, pierde el empleo y es perseguido por el corrupto que mantiene el poder.


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