Congreso toledista

El viaje a Ica del Congreso de la República ha generado un amplio debate y ha dejado lecciones que vale la pena revisar. Queda claro que hacer un pleno fuera de la sede principal no es sencillo. La relación directa con la población con decenas de congresistas al mismo tiempo, ha creado una gran expectativa que no puede eludirse.

| 15 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.3k Lecturas
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Los plenos para formar leyes requieren por su propia naturaleza de una organización seria y rigurosa. Se hacen bajo un reglamento que tiene carácter de ley de la República y no es un evento que se pueda improvisar. La representación nacional encarna el poder primigenio para legislar y ello le confiere majestad para actuar en nombre del pueblo.

No es la primera vez en la historia que el Congreso sesiona fuera de Lima. Agustín Gamarra lo convocó en Huancayo para hacer la Constitución de 1839. Tampoco la presencia de las autoridades principales en el interior del país es alguna novedad.

Resulta interesante recordar una iniciativa de los albores de la Colonia. Fue el virrey Francisco de Toledo quien la ejerció. El noveno representante real gobernó desde 1569 hasta 1581 y desde 1570 hasta 1575 realizó una “visita general” por buena parte del inmenso territorio bajo su mando.

El virrey decidió conocer de primera mano el estado del reino y emprendió esta larga expedición que le permitió ir tomando decisiones. Fue como sabemos, el gran fundador del orden colonial en todo sentido. Legisló, construyó, impulsó la producción, reordenó reducciones y encomiendas. León Pinelo lo llamó el “Solón del Perú” por su vasta obra.

Emprendió una gira que lo llevó de Lima a Huarochirí, Jauja, Huamanga y Cusco, en su primera fase, donde se quedó hasta 1572. Edificó hospitales, iglesias, cárceles. Mejoró el orden urbano, la dotación de agua y hasta reglamentó el uso de la coca, que ya era un problema.

Trajinó 8 mil kilómetros que lo llevaron por la Audiencia de Charcas a La Paz, Potosí hasta La Plata. Luego retornó por Arequipa a Lima tras un lustro de conocer al territorio y a sus gentes, disponiendo que se restablezcan las costumbres del incario.

Todo eso por cierto a pie y a caballo, por caminos de herradura sin otra comunicación que el mensajero que hacía el mismo recorrido. Toledo se hizo acompañar además de lo más graneado de la sabiduría de la época. Personajes como Polo de Ondegardo, Sarmiento de Gamboa, Matienzo o el padre Acosta, estuvieron con él reflexionando, discutiendo, escribiendo.

Servirá para que el país a través de los congresistas conozca de primera mano cómo se vive y sacará a la representación de su mirada lugareña. El paso siguiente debería ser una agenda que cubra los 1800 distritos y las 190 provincias que faltan. A 400 por año, nuestro Congreso se pondría en la ruta de Toledo aunque en un territorio que es ahora la tercera parte.

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