Cónclave: se necesita un milagro

Este Cónclave es diferente no solo porque su origen es la renuncia del Papa, sino porque, además, esta decisión papal es el resultado de una crisis en el seno de la Iglesia Católica.

| 12 marzo 2013 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 644 Lecturas
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Nada confirma mejor esta crisis que la angustiosa declaración de Benedictino XVI: “el Señor parecía estar durmiendo. Pero siempre he sabido que la Iglesia no es nuestra barca sino la suya, y que él no la dejará hundirse”.

Al decir esto, el Papa renunciante no solo reconoció públicamente la severidad de la crisis, sino que además rompió con valentía la tradicional y cómoda posición de la Curia romana de que los males que aquejan a la Iglesia provienen del mundo y no del interior de ella misma.

El principal mal que aqueja hoy a la Iglesia Católica es su anacrónica posición sobre la sexualidad. Las mujeres son para ella como menores de edad, no pueden ni siquiera regular su ciclo reproductivo con la píldora de cada día ni con la del día siguiente.

El aborto, les está prohibido, inclusive en los casos de violación. Además, son inferiores al macho católico, no pueden aspirar a ser clérigos, tampoco tener cargos eclesiásticos menores, ni siquiera pueden ayudar a hacer misa.

Hoy, en un mundo donde el sexo ha dejado de ser tabú y está omnipresente en la vida cotidiana, desde la política hasta el arte, la aversión de la Iglesia al sexo es tal que dice no al condón frente al peligro del Sida.

Y no solo eso, sino que además persiste en que sus sacerdotes continúen siendo célibes, situación que da como resultado que hoy existan sacerdotes amancebados, curas gay que no pueden manifestar su tendencia y cientos de casos de curas pedófilos que la Iglesia ha tratado de ocultar y luego compensar pagando nada menos que 2,3 billones de dólares a las víctimas.

Esta aversión al sexo, y sobre todo la reinante misoginia y homofobia de la Iglesia son el resultado de un sistema de dominación patriarcal retrógrado, incrustado desde el medioevo en el Vaticano, que hoy ha fracasado al estrellarse contra un nuevo orden sexual global donde las mujeres pueden controlar su ciclo reproductivo, donde la mayoría de las relaciones heterosexuales se practican fuera del matrimonio y donde los homosexuales comienzan merecidamente a tener derechos.

El otro gran mal de la Iglesia es su mundanidad como lo muestra la actual lucha por el poder, las intrigas, las traiciones y los escándalos de la Curia romana. El Vaticano no es el cielo en la tierra sino la versión moderna de los Borgias con Internet y Twiter, donde se sustraen documentos confidenciales del dormitorio del Papa y surgen Vatileaks que se filtran a la prensa italiana. Y todo esto con el trasfondo de una investigación policial sobre el lavado de dinero mafioso en el Banco del Vaticano. Fue toda esta divina farsa la que llevó a renunciar al intelectual y piadoso Benidectino XVI. Como bien dijo el diario vaticano L’Osservatore Romano era “un pastor rodeado de lobos”.

Para extraer a la Iglesia de una de las más graves crisis de su historia, este Cónclave tendría que elegir un Papa joven con carácter y gran capacidad ejecutiva para reorganizar la Curia romana y terminar, sin titubeos, con los conflictos de poder y los escándalos.

También, el nuevo Papa, además de ser un ejecutivo con coraje, debería ser un intelectual moderno, refinado y carismático que saque a la Iglesia de su patriarcalismo retrógrado, la reconcilie con las mujeres y haga que el celibato de sus sacerdotes sea voluntario. En pocas palabras, se necesita un milagro.


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