Con resultados

Es la única forma de medir el éxito o el fracaso de cualquier emprendimiento y con más disciplina y exactitud debería aplicarse en la administración pública. En una comunidad que aspire a ser justa, el funcionario público de cualquier escalafón jerárquico, moralmente es el que está más obligado a mostrar resultados, de lo contrario debe dejar el cargo para otro ciudadano que sí sea capaz de obtener los resultados en función a los objetivos trazados.

| 08 agosto 2012 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 562 Lecturas
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La meritocracia debería ser la FORMA a emplear en el Estado para enrolar a sus funcionarios. La mediocridad y corrupción crónica en el aparato estatal es una conducta manifestada por décadas en nuestra patria y es precisamente la razón por la que nunca se aplicó justamente la meritocracia. Esa frase tan mentada, como es la de SERVIDOR PUBLICO, inevitablemente nos transporta a otro escenario, en este caso, y específicamente al ético, la vocación de servicio debe ser el móvil que toda persona, aspirante a ser un empleado público y vivir de las arcas del erario nacional, debe tener siempre como norte. La desnaturalización y desacreditación de esta importante función ha traído como consecuencia la deplorable situación que hoy muestra nuestra administración pública, salvo honrosas excepciones por cierto, pero que lamentablemente son muy escasas. Por ejemplo, en el Ministerio de Transportes, donde se ubica uno de los mayores presupuestos de la nación, no necesariamente cuenta entre sus filas con los mejores, lejos, pero muy lejos de contar entre sus filas a funcionarios idóneos capaces de brindar un servicio eficiente y eficaz y sobre todo honesto, tanto en los aspectos políticos que deberían ser los menos y los de carrera, los especialistas que deberían ser los más y haciendo un poco de memoria, muchos buenos profesionales pasaron por estos pagos y sistemáticamente fueron desplazados por los acomodados de turno y los políticos incapaces que ingresaban a conducir esta cartera y terminaron con sus justas aspiraciones profesionales de estas promesas como funcionarios especializados, otros se marcharon por aburrimiento o decencia, decidiendo retirarse de la cosa pública. Este costo del Estado peruano, tirado por la borda, es una de las mayores demandas que debemos hacer los ciudadanos a los que ostentan hoy el poder. Hasta mañana.

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Federico Battifora

Rompemuelle