Con un ramo de rosas rojas

Julia Méndez se despertó a las seis y treinta de la tarde de un coma prolongado de un año con cuarenta días y saltó del sueño oscuro a la realidad celeste en un cuarto tan blanco que parecía el cielo. Era una habitación acondicionada en la casa de refugio en la calle Bolívar de un barrio triste y pobre de Huamanga, adonde había escapado su familia de las zarpas del terror.

| 26 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 905 Lecturas
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No había nadie en el cuarto y gritó como loca como cuando recibió una bala perdida en la parte izquierda de la cabeza en un enfrentamiento brutal entre terroristas y militares muy cerca de su casa en Cangallo. Su mamá subió a la habitación alertada por el grito y encontró a su hija llorando y con los ojos abiertos como platos. “Gracias, Dios mío”, dijo la madre.

Julia Méndez lloró abrazada de su madre hasta cansarse y luego de un silencio prolongado preguntó: “¿Qué pasó con Ernesto, el hijo de la portera del colegio?”. “Todo este tiempo no ha dejado de preocuparse por ti y tu padre ya lo odia tanto. Trabaja cobrando pasajes en un ómnibus, y todos días sin falta, a las siete de la noche, viene a dejarte un ramo de rosas rojas”. “¿No estamos en Cangallo, verdad, mami?”. “Estamos más seguros”. “¿Qué pasó con nuestra casa, con mi cuarto?”. “Nuestra casa fue destruida por completo; pero todas tus cosas están aquí”. “Por favor, quiero ver el libro grueso y amarillo”.

Pedía “El amor en los tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez que leía sin sosiego cuando le cayó el balazo y en el que había guardado la primera carta sin abrir de Ernesto. Abrió el libro como si lo habría dejado de leer apenas unos momentos y sintió el mismo temor que le impidió leer la carta. Su corazón valiente de quinceañera doncella la golpeaba sin censar y mientras abría la misiva recordaba el amor inmenso e inacabable de Florentino Ariza por Fermina Daza en el libro y con suspiro de enamorada dijo: “Quiero ser tu Diosa coronada”.

Abrió la carta con una emoción de amor y encontró una hoja bond gigante tamaño “A 3” con una sola frase escondida en una de las esquinas del papel: “Esta noche, a las siete, te diré cuánto te amo, Julia”. Ella miró el reloj y coincidentemente iban a dar las siete y se asomó a la ventana y vio que Ernesto cruzaba la calle con un ramo de rosas rojas.


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