Con el ejemplo

Muchas veces, aunque felizmente no siempre, los hijos reproducen los comportamientos de sus padres. Como un espejo, el reflejo de la conducta de los hijos es calco y copia de la figura paterna o materna. ¿Por qué tendría que parecerle mal al niño que acompaña a su padre, que éste se disponga a orinar en plena vía pública? Normal nomás, pensará y entonces a la primera ocasión que le llame el cuerpo hará lo que vio hacer a su padre.

| 11 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 844 Lecturas
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El fin de semana, saliendo de los pantanos de Villa, zona ecológica protegida, con múltiples señales de atención al cuidado y preservación de esta reserva natural, como la de “no arrojar desperdicios”, iba detrás de un automóvil particular cuando de pronto asoma una mano joven desde el lado del copiloto y con gesto grácil lanza una bolsa de basura en la misma entrada de la reserva mencionada. De inmediato me puse a su costado, alcanzándolo por la berma, y comprobé que era un niño de unos 12 años, manejaba su papá, y detrás iba la madre con otro de los hijos. “La calle no es basurero”, alcancé a decirle a la vez que una risita de culpa iluminaba el rostro del niño. El papá interviene: “yo le digo”. No sé en verdad qué es lo que quiso decir este padre, pero puedo apostar que el niño no ha hecho otra cosa que imitarlo, imitar al padre, a su héroe.

Hace un tiempo, recuerdo ahora revisando en la memoria las situaciones en que algún niño ha sido sin querer protagonista de hechos como el que comento, les contaré que de carro a carro una señora joven, haciendo justicia por algo que supone yo había hecho mal en el tránsito, me hace el gesto del dedo medio a la vez que desde un rostro de terror la veo que vocaliza, y felizmente no la escucho, alguna grosería, el hijo la imita dedito arriba, así que recibo un dedo medio duplicado, ¿la edad del niño? Unos siete años.

Dos comportamientos podrían bastar para dejar claro esto del ejemplo, pero el asunto no es tan sencillo. Una cultura de respeto la construyen las gentes, no los decretos, ni las señales, ni el servicio militar (una vez seguí a un ómnibus que llevaba a militares con uniforme de Húsares de Junín, y alguno de ellos lanzó una botella de plástico fuera. Cuando los alcancé y los increpé, me miraron como bicho raro. Después pensé que me pudieron acusar de terrorista), ni tampoco los cursos de educación, los sermones ni las campañas.

Empezar de cero entonces, como refundando la ciudad, a partir de pequeños actos que podrían tener mayor impacto en la construcción de una cultura de convivencia, de respeto, de amor verdadero por la ciudad, por la que consideramos nuestra casa. Empezar por la casa, conociendo a nuestros vecinos, conversar con ellos de problemas comunes para buscar, encontrar y poner en práctica soluciones comunes. A esto se le llama vivir en comunidad.

En los pantanos de Villa hay cuatro colegios particulares cuyos alumnos, la mayoría atraviesa de lunes a viernes de ida y vuelta esta reserva natural, debieran ser los principales guardianes de esta maravilla. Profesores, padres de familia, transportistas encargados de estos niños y niñas, están en la obligación de inculcar en ellos el respeto por el medio ambiente a partir del cuidado de este pequeño botón verde. Si lo consiguen, quizás veamos cada vez a menos hijos imitando el mal comportamiento de sus padres y tal vez hasta veamos a hijos corrigiendo el comportamiento de sus padres. El ejemplo al revés.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista