Como la palma de mi mano

“Lo conozco como la palma de mi mano”, solemos decir para garantizar a quien nos escucha, que nadie como nosotros sabe tanto de la vida de ese tercero a quien nos referimos, es decir que lo conocemos, como señala el diccionario: “A fondo, con todo detalle y precisión”.

| 16 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 682 Lecturas
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Resulta, sin embargo, que como tantos otros dichos este también peca de imprecisión, ya que no es cierto que conozcamos tan bien a la palma de nuestra mano.

¿Sabíamos que la palma de la mano también se llama metacarpo? ¿Podríamos mirando unos segundos nuestra palma izquierda dibujarla en un papel con regular aproximación? ¡Claro que no! ¿Entonces porqué es que usamos la bendita expresión?

Quizás sea porque nos gusta exagerar nuestro conocimiento, en este caso de lo poco o mucho que sabemos de ese otro: “nadie lo conoce tanto como yo”, decimos, pero resulta la más de las veces no tan cierto.

O quizás se debe a nuestro poco interés en conocer más, saber más de los demás. Ambas, creo yo, son razones que explican este comportamiento y que revela, cuando menos, que nos estamos perdiendo el ser mejores por ser poco curiosos.

Al morir Albert Einstein, físico y matemático de inteligencia extraordinaria, premio Nobel de Física, sus colegas pretendieron encontrar, analizando su cerebro, la razón de su sabiduría. Einstein decía: “Yo soy solamente alguien con mucha curiosidad”, así que sus colegas no encontraron lo que buscaban.

“A fondo, con todo detalle y precisión”, como señala el diccionario. Esa debiera ser nuestra motivación por el conocimiento. No quedarnos en lo superficial, ser curiosos y preocuparnos por saber, por conocer cada vez más de aquel o de aquello que nos interesa.

Nunca en la historia de la humanidad hemos tenido tanta información a la mano y sin embargo pareciera que cada vez sabemos menos, lo que estaría demostrando que no es la disponibilidad o el acceso al conocimiento lo que falta sino que la curiosidad por el descubrimiento está disminuyendo en nosotros los humanos.

Como los niños que tienen hambre de preguntas y que esperan ansiosos las respuestas, así de revelador es el instinto humano que la ciudad moderna está ayudando a desaparecer. Preguntar y preguntarse, a solas o acompañado, para saber más, para saciar la necesidad de conocer, de saber.

Sé de grupos de estudio formados por amigos que se proponen conversar unas horas a la semana sobre un tema previamente acordado, lo que les permite averiguar por su cuenta para luego compartir, intercambiar entre ellos.

Recuerdo también que con los compañeros de teatro jugábamos al diccionario: una palabra era escogida y escrita en su definición correcta, los demás debíamos escribir lo que quisiéramos o pensáramos sobre ella, pero en el estilo del diccionario.

Ejemplo: Dícese de tal o cual, etc.; el juego tenía una doble gratificación: primero, el escuchar las divertidas ocurrencias y luego el dar con la verdadera. Juego y aprendizaje, dos elementos claves de la curiosidad.

Quizás estas líneas, querido lector, sean motivadoras para despertar su curiosidad y así recuperada y entrenada le permita cuando usted use la expresión: “lo conozco como la palma de mi mano”, expresarse cada vez con mayor veracidad.


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Jaime Lértora

¡Habla Jaime!

Columnista