Comandante a la deriva

El señor Ollanta Humala es tan revolucionario y tan nacionalista que busca en Madrid al novelista Mario Vargas Llosa para decirle que no, que de ninguna manera, que él (Ollanta) no es un cáncer, que no hay de qué preocuparse.

| 24 julio 2009 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores |  1.2k 
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Y sale de la reunión el señor Humala convencido de que convenció al novelista y creyendo que ya no le lloverán palos por ese lado del tejado.

Lo único que le faltó a Humala fue respirar aliviado y decir a todo pulmón:

-Con la bendición de Mario Vargas Llosa me puedo considerar “parte del sistema”.

Es como si Mitterrand le hubiese pedido un visto bueno a Raymond Aron. O como si el joven Allende de los años 50 hubiera solicitado la aprobación de Gabriela Mistral. O como si Rodríguez Zapatero hubiese perseguido a Camilo José Cela para que no siguiese hablando mal del socialismo. O como si José Carlos Mariátegui le hubiera escrito cartitas demandantes a Clemente Palma.

Este columnista piensa con cada vez más intensidad que el señor Humala no es el líder de la oposición. No tiene el carácter de un líder ni la consistencia de un personaje. No lo ampara un temperamento, no lo auxilia un cuerpo de ideas, no lo corrige un programa y no lo alivia el esperpéntico cuerpo de asesores que más bien lo sabotea.

Lo peor de todo es que lo primero que hizo el señor Vargas Llosa, luego de la reunión con Humala, fue llamar a su amigo Fernando de Szyszlo y decirle que aquellas dos horas de conversación sólo habían servido para reafirmar todo lo que pensaba del ex candidato del Partido Nacionalista.

-Acepté la cita sin ninguna esperanza –le dijo Vargas Llosa a Szyszlo, según la crónica del diario “La República”.

Según Szyszlo, Vargas Llosa, a la hora de despedirse, le dijo a Humala, cortés pero claramente, que lo que pensaba de él no había cambiado un ápice.

Y a pesar de eso, Humala salió de la reunión diciendo que esperaba que Vargas Llosa ya no lo percibiera como el cáncer del dilema cáncer/sida que el novelista planteó como metáfora de una segunda vuelta entre el nacionalismo y el fujimorismo.

No contaba con que Vargas Llosa iba a llamar a Lima a darle su versión de los hechos al pintor Fernando de Szyszlo.

El ridículo, entonces, ha sido doble.

Porque Vargas Llosa es un novelista genial pero también un funcionario intelectual de la derecha con sede en Washington y Bruselas. Y Humala no ha querido tener un encuentro con el narrador sino que ha buscado la bendición civil del intelectual ultraderechista.

Que Vargas Llosa no apruebe las ideas de un progresista dice mucho y bien del progresista.

Que un progresista vaya a rogarle a Vargas Llosa que no lo siga reprobando, dice mucho y mal del progresista.

Mario Vargas Llosa, que se había burlado de algunas cachaquerías en “Pantaleón y las visitadoras”, debe estar muriéndose de risa. Ni siquiera a Vega Llona, gran amigo del novelista, se le ocurrió que un día Ollanta Humala iba ir a Madrid a pedirle que dejara de considerarlo un enemigo.

Si García Márquez inventó al coronel que no tenía quien le escriba, Humala acaba de representar al comandante más a la deriva que hayamos conocido.



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César Hildebrandt

César Hildebrandt

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