Columna de reformas y almas

En su anodino mensaje, con ocasión del aniversario patrio, el presidente García se animó por fin a hablar de reformas: nos hizo una invitación a impulsar desde cada hogar una “reforma del alma”; una reforma individual; una que erradique el racismo, el sicariato, los padrastros violadores, a los choferes irresponsables y los evasores de impuestos. Propuso, por tanto, una reforma moral, porque, a su parecer, “ni la material ni la legal son suficientes.”

Por Diario La Primera | 12 ago 2008 |    

Lo cierto, en relación a ello, es que, en efecto, lo anunciado por ese mensaje en el terreno de lo material o legal resultó absolutamente insuficiente, empezando por lo relativo a los urgentes cambios institucionales y de política que el Estado peruano requiere para afrontar los retos que tenemos en el ámbito de la educación, la salud o la seguridad, tan venidas a menos. Lo que de origen resultaba falso fue la propia apelación moral, precedida en el mismo Congreso de la República donde se emitiera, por la descarada negociación de gollerías y cuotas de poder entre el oficialismo y el fujimorismo; sostenida, como telón de fondo, por el ominoso silencio en relación al tema de los derechos humanos, medular para la construcción de la democracia; y, seguida luego por nombramientos de funcionarios apristas –incluyendo más de uno con severos cuestionamientos de orden moral, sino legal- en el área igualmente sensible para la salud de los procesos democráticos, por su posible empleo clientelista, como es el de los organismos encargados de programas sociales.

Para sellar con broche de oro su convocatoria a la reforma del alma, su emisor comprometió luego toda su energía moral en la defensa del más cuestionado de aquellos funcionarios, descalificando agresivamente a un periodista que se atrevió a preguntar por las razones de aquel nombramiento. Entretanto, el Congreso, donde más del 50% de parlamentarios tiene denuncias en su contra ante la Comisión de Ética, continuó aportando su cuota moral al escándalo y la corrupción.

Siendo, al parecer, tan profunda la conversión del presidente al credo individualista, que lo ha conducido a remitir las reformas medulares pendientes al ámbito del alma, debería primero empezar dando el ejemplo y, así legitimado, abordar además los cambios institucionales y de política, sobre todo en educación y salud, sin los cuales aquella apelación es, otra vez, mera demagogia.


    Zenón Depaz Toledo

    Zenón Depaz Toledo

    Opinión

    Columnista