Charla rara con su padre

La madre de Quilla accedió, después de tanta insistencia. “Está bien. Si quieres conocer a tu padre, hazlo. Pero prométeme que por nada del mundo dejarás sola a tu tía Marcela. Quiero que ella te críe. Tu padre no es buena influencia para ti”, le dijo una tarde de sábado y le dio el número de celular de él.

| 31 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 774 Lecturas
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—Aló, papi. Te habla Quilla.

—Hola, hijita, te estoy buscando desde que me enteré que tu madre…

—Quiero conocerte. ¿Puedes venir mañana a la puerta de la casa donde fuiste a buscarme?

—Sí, hija, estaré mañana a las nueve en punto de la mañana.

Un sol radiante apareció muy temprano aquel domingo. Quilla le dijo a su tía Marcela: “Por favor, tía, quiero esperarlo sola”. “Está bien, Quilla, estaré al frente atenta a cualquier cosa”.

Cuando llegó su padre, Quilla lo vio largo rato al rostro y creyó que estaba viendo su propia cara. Sus ojos envejecidos, su boca más grande, su oreja pequeña y su nariz redonda. Lo miró muy seria. Mario quiso abrazarla y ella le estiró la mano y le dijo: “Bien dicen que los hijos negados son idénticos a su padres”. Mario no supo qué decir. La miraba desde arriba y quiso abrazarla otra vez.

—No me toque, por favor.

—Está bien, hija. Imagino que te han contado que he sido muy malo con tu madre. Pero son cosas de adultos que los niños a veces no llegan a comprender del todo. Quizá cuando seas mayor llegues a entender algunas cosas de las que me arrepiento ahora.

—Arrepentirse no es suficiente. Deberías hacer cosas que borren ese pasado tan horrible que tienes.

—Lo haré, hija. Me gustaría cuidarte. Vamos a Iquitos.

—Yo estaré bien en Lima con mi tía Marcela. Cuide a mis hermanos. ¿Sabe cuántos hermanos tengo?

—Son muchos.

—Veo que no sabes ni siquiera cuántos hijos tienes. Mi mamá tiene razón: no eres buena influencia para mí.

—Hija.

—No te guardo rencor, papá. Me has dado la vida y te quiero. Me gustaría volver a verte pronto. Tengo el número de tu…

—Hija.

—Espero que los días, los años que pasen, mejoren tu vida. Chau.

La tía Marcela se acercó. La abrazó y Quilla lloró en silencio. Mario se marchó. “Cuídala, Marcela”, dijo y se fue. (FIN)


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