Carta contra mí mismo

Recibo una carta del caricaturista CABE (Carlos Bernales). Considero un deber moral publicar ese texto por lo que tiene de testimonial y por algunas revelaciones involuntarias agazapadas detrás de unos cuantos conceptos y hasta de su sintaxis. Y lo hago a pesar de la distancia que me separa de la estética del señor Bernales.

| 06 julio 2008 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 580 Lecturas
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Lo que debe quedar claro es que jamás le pedí a nadie que el señor Bernales saliera de La Primera. Décadas de ejercicio profesional y un nutrido puñado de reporteros podrán dar fe de que no está en mi naturaleza pedir que echen a alguien porque lo que hace me pueda parecer, en algún momento, sublevante o indigno. En esta vida pública uno está expuesto a todo (inclusive a ser hermanoseado por Eloy Jáuregui, discípulo de Bryce no precisamente por sus novelas) y lo que hago ante episodios como el de la caricatura de Bernales –esa de los apellidos europeos “de tal calaña”– es responder en el estilo de mi amiga Carmen González: de frente y sin máscaras, que estamos hartos de tanto carnaval dizque veneciano.

No hablé sobre el señor Bernales ni con César Lévano, director de este periódico, ni con sus propietarios, ni con el editor general. No hablé ni pedí nada a nadie. Por teléfono, el señor Arturo Belaunde me comunicó, tras la publicación de mi columna, que había tomado la decisión de retirar del periódico al señor Bernales. No hice comentario alguno porque la noticia del señor Belaunde la rescaté de un mensaje guardado en mi teléfono móvil. Y tuve la distraída descortesía de no devolver la llamada. De modo que al acusarme arbitrariamente de haber exigido su salida, el señor Bernales vuelve a ser mezquino y odioso. No importa. Lo que más importa es que el señor Bernales vea publicado su texto.

Y que sepa que si los señores Belaunde me preguntaran ahora cuál sería mi opinión respecto del posible retorno del señor Bernales, expresaría mi total acuerdo. Pero es que no me van a preguntar nada. Como que nunca me han preguntado nada en relación a sus soberanas decisiones. Y eso es lógico: soy un colaborador con algunas prerrogativas, nada más. Y ese estatuto no me da poder alguno, diría que felizmente, en las decisiones empresariales de este periódico donde escribo a gusto y con absoluta libertad. Aquí va la carta, casi sin editar.

Señor César Hildebrandt:

Ha logrado usted que La Primera me considere ilegal y me deporte del periódico. Todo, como dice la ranchera, “por un mal entendimiento” o por varios malos entendimientos.

El primero, suponer que mi caricatura era respuesta a su nota sobre los sudacas, lo que no es cierto. Mi caricatura y su nota aparecieron el mismo día.

Segundo, suponer que yo propongo la deportación de todos los europeos. Eso lo dijo Heduardo en una caricatura que también salió publicada el mismo día en “Perú 21”. En realidad no estoy por la deportación de nadie, tal como explica mi respuesta a usted...

Tercero, suponer que yo he insultado su apellido. Por principio, estoy en contra de cualquier insulto, aunque muchas veces las caricaturas se acercan peligrosamente a esos bordes. El mensaje de mi caricatura era señalar lo que pasaría si en el Perú se expulsara a los “indeseables”. Le recuerdo que en Estados Unidos y Europa ilegal o indeseable es lo mismo.

En ese momento pensé en apellidos que provengan de la oligarquía financiera, luego a los políticos, Lauer apareció en mi mente asociado a los apellidos “cambas” de Bolivia más que por su alanismo, y luego al repasar fujimoristas, lo siento mucho pero apareció el apellido más distinguible de entre ellos.

Habiendo leido lo que usted ha escrito sobre su media hermana, no tuve reparos en incluirla y pensé que mi caricatura dejaba en claro que no estaba dirigida contra usted. Lamentablemente, usted no entendio la distinción.

No es fácil hacer caricaturas a la distancia. Se extraña la sala de redacción, la consulta al editor, estar al día con los chistes del momento. Mi antiguo amigo Carlín señala que acude a los puestos de periódicos para escuchar lo que dice la gente y por allí asoman sus ideas.

Cuarto, ¿por qué se suma usted a Aldo M. al acusarme de actuar digitado por ¿el castrismo terminal? No soy castrista, nunca lo fui, aunque no niego mi admiración por lo que fue la revolución cubana y la rusa de 1917. Nadie dicta mis caricaturas, quienes me conocen saben de mi independencia.

Tengo casi 25 años ganándome la vida en EE.UU. haciendo caricaturas y escribiendo notas políticas, además de entrevistas y reportajes, con absoluta libertad.

No me financia ninguna potencia enemiga o los petrodólares sino el humilde deseo de contribuir con lo que puedo a la causa de la justicia social en el Perú, que creí encontrar en La Primera, sacando tiempo de donde no tengo, comenzando el día muy temprano para leer, mínimo dos horas, los periódicos peruanos. Luego, escuchando Radio San Borja, que muchas veces grabo por no tener tiempo para seguirla en simultáneo, también viendo el espantoso noticiero de Canal 4.

Además, me toma dos o tres horas hacer el dibujo y pensar casi todo el día en el tema a tratar y buscando el humor, una tarea que es más difícil que cualquier drama.

Como dijo alguna vez Chumi Chumez, a quien tuve la suerte de conocer, “no es fácil hacer reir, fácil es hacer llorar, para comenzar podría contarles mis problemas personales...”

Todo eso ha sido tirado por la borda del mal entendimiento y lo que es peor se me expulsa sin derecho a pataleo, sin explicarle al público mi retiro y las causas de ello. Es decir, además de ilegal-indeseable y deportado, paso a la condición de desaparecido.

Esta nota salió más larga de lo que pensé. Le ruego me disculpe por ello. Para terminar, le pido que, como se decía en las solicitudes de papel sello quinto, interponga usted sus buenos oficios para que se publique esta carta de respuesta y concluir así mi paso por La Primera”.

Carlos Bernales.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista