Carta a El Comercio

Lima, 3 de febrero del 2008

Sr. Director del Diario

El Comercio:

| 04 febrero 2008 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores |  2.1k 
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Usted heredó un periódico –el que González Prada llamó carreta de basura, qué exceso de anarquista, qué lisura por Dios– y una gran fortuna, que empezó a extenderse desde 1984, con la inauguración de la nueva planta, y que creció considerablemente con vuestras talentosas movidas financieras resurfeando sobre el dólar MUC del doctor Alan García. Yo heredé sólo un apellido que he mantenido, con el pesar de algunos de los que trabajan para usted, limpio. Y tenga por seguro que haré todo lo que esté a mi alcance para que ninguna campaña trate de ensuciarlo. Yo tengo un honor que defender. Y lo defenderé en todos los terrenos.

A pesar de su poder, usted, señor Miró Quesada, no ha podido jamás figurar en ninguna encuesta de credibilidad. Ni como directivo de El Comercio ni a título individual. Y es que usted es uno de los mayores responsables del descrédito de la prensa escrita, descrédito certificado por todas las encuestas recientes. ¿Y por qué? Porque usted embarra a quien le molesta, embiste a quien “lo desacata” –el caso de la Fiscal de la Nación es clamoroso– y puede defender lo indefendible si está en la esfera de sus intereses. Y usted está convencido de que todos nos morimos de miedo ante El Comercio. Yo muchas veces muero –es cierto– ante El Comercio. Pero muero de risa, señor director. Me dan risa los aires que se dan los Miró Quesada. Y me da mucha risa cuando usted editorializa sobre “la más noble de las profesiones”.

Me he ganado, a solas y a pulso, un cierto reconocimiento público. Como comprenderá, ese reconocimiento nada tiene que ver con mi inexistente simpatía o con mi ausente carisma. Tiene que ver con mi terquedad y con mi incomprabilidad.

Ayer, uno de sus esbirros ha tratado de vincularme, de nuevo, con el caso Zevallos. Por toda prueba, dice que en 1997 yo entrevisté a un testigo que primero acusó a Zevallos y luego se desdijo. Y cita unas palabras mías pronunciadas hace once años en torno al interés de Chile de tumbarse a “Aerocontinente”.

Lo que no dice su periódico es que en 1997 “Aerocontinente” era una empresa tan seria y formal que El Comercio firmaba todos los años contratos publicitarios con ella. Lo que no dice su periódico es que en 1997 Fernando Zevallos era un empresario al que “La revista dominical” –el programa que se emitía en el canal de los Crousillat y se compaginaba muchas veces en el SIN– había acusado, sin pruebas, de estar vinculado con el narcotráfico. Y lo que no dice su periódico es que en 1997 Zevallos era, por la existencia de “Aerocontinente”, una incomodidad real para los capitales chilenos que aspiraban a dominar –como lo lograron– nuestras rutas aéreas. Esos capitales chilenos que su diario, señor director, siempre ha representado tan bien, ayer con su fundador de esa nacionalidad “tan próxima” y hoy con don Emilio Rodríguez Larraín, tan allegado a usted y a su periódico y tan condecorado por la embajada de Chile.

Claro que propalé esa entrevista. ¿Qué quería? ¿Que le creyera a pie juntillas a Nicolás Lúcar? ¿Que tomara la versión policial, corregida en el SIN, del fujimorismo putrefacto? Y propalé otras entrevistas porque eran noticia. Y entrevisté a Polaco cuando sólo era un sospechoso y no un autoinculpado. Y si se hubiese autoinculpado en mi programa, me habría sentido muy bien. Es que, señor Miró Quesada, mi fuerte es el periodismo. Yo no escribo tetudeces bajo el título altivo de “Buenos días”. Eso se lo dejo a usted.

Me importa un rábano qué ha hecho Pepe Mejía con su vida. Tampoco soy un juez apócrifo, como usted, para condenarlo sin apelación. Hace años que no lo veo ni converso con él. Y jamás he recibido dinero o bienes de nadie para emitir una opinión o conceder una entrevista. Esa calumnia ya la intentó antes El Comercio, sin éxito pero con malignidad.

Pero lo que más calla El Comercio en relación a 1997, señor director, es lo que pasaba dentro de su periódico y lo que pasaba entre su periódico y el poder judicial fujimorista.

Y vaya que pasaban cosas. Estaba en pleno desarrollo la guerra civil que desembocaría, el 2 de septiembre de 1998, en la denuncia que hiciera contra El Comercio el ex gerente general de ese periódico, don Luis García Miró Elguera.

Y la denuncia consistió en revelar ante el poder judicial que, durante más de una decena de años, El Comercio tuvo cuentas secretas en el extranjero, cuentas que manejaban unos pocos del directorio, entre ellos su papá, lamentablemente, señor director.

Según lo expresado por Luis García Miró Elguera, en esas cuentas se movieron millones de dólares no declarados y a través de ellas se favoreció a algunos Miró Quesada, se dejó de declarar utilidades y, por consiguiente, se evadió impuestos olímpicamente.

¡Fíjese usted, señor director! ¡Qué notición el que se perdieron sus lectores!

Dichas cuentas fueron:

–La cuenta 019-233434 del Chemical Bank

–La cuenta 4031498 del Royal Bank of Canada

–La cuenta 6382769081 del Barnett Bank

Y la cuenta 4280653877, la denominada “cuenta Marco Polo”, también del Barnett Bank.

Sostiene el ex gerente general de El Comercio que hizo denuncia de la existencia de esas cuentas ante una sesión del directorio en el año de 1993. Cuando estalló el escándalo, ¿qué hizo El Comercio?

Según García Miró, sólo devolvió lo que había en ese momento (1993) en las cuentas secretas, es decir, la suma de 813,032 dólares. El Comercio habló, en su alegato, de que había “repatriado” el dinero –con lo que admitió la existencia de las cuentas–, pero García Miró ha sostenido ante los jueces que ahora ven el caso civil que no hubo tal “repatriación” porque no se cumplió a cabalidad con la ley 26001, dada por Fujimori en 1991, y porque esos ochocientos mil y pico de dólares no llegaron a una cuenta institucional sino a una que tenía como titulares sólo a tres personas: José Graña Miró Quesada, Luis Miró Quesada Valega y Luis García Miró Elguera. ¿Qué cuenta era esa? La 0555812 del Banco Wiese. Esa cuenta había sido usada antes para recabar dinero negro de los proveedores del extranjero, el mismo que se repartía entre seis de los setenta accionistas de El Comercio.

García Miró fue más allá. Alegó con cientos de documentos ante el juez que El Comercio tampoco dijo nada de cuánto dinero se había movido durante la larga existencia de esas cuentas “reservadas”, cuya creación –según propia admisión de El Comercio– databa de 1982.

Los 813 mil dólares descubiertos por García Miró se convertirían en 1994 en “una declaración jurada rectificatoria” formulada por los contadores del diario El Comercio. Pero, como sostuvo García Miró, con eso sólo se “maquillaba” el ejercicio de 1993. ¿Y los que van del año 1982 a 1993? ¿Qué pasó con ellos, señores de Price Waterhouse, auditores calificados que nunca fueron enterados de esos dineros más que tiznados?

Más todavía. Según el ex gerente general de El Comercio, la cuenta 0555812 del Banco Wiese se siguió usando, como si nada hubiera pasado, hasta el año 1998. ¿Y para qué, entre otras cosas? ¡Para comprar, con dinero girado desde esa cuenta irregular, las acciones laborales de los trabajadores de El Comercio, operación que se hizo a través de “Argos”, empresa próxima a Luis Miró Quesada Valega, quien se hizo girar un cheque de 500,000 dólares para ese propósito.

En plena batalla campal intestina, El Comercio llamó a un testigo de descargo. Se trató del ejecutivo del Wiese Héctor Grisolle Aguirre, quien declaró que El Comercio “había realizado, en efecto, una repatriación de capital”. Eso probó, para García Miró, la íntima ligazón de El Comercio y el Banco Wiese, el banco de Montesinos, y eso explica por qué, a la hora de informar, su periódico, señor Miró Quesada, siempre tuvo una opinión sesgada en torno al carísimo salvataje de esa entidad financiera. Entidad que, como usted recuerda, gerenció don Víctor Miró Quesada, para más señas. Ese es el problema de tener tanta plata y no separar la bóveda de la redacción.

El problema de El Comercio, además, es que cree, señor director, que ha vuelto la época en que era parte de las turbas disciplinarias del civilismo. No, señor director. Esa etapa murió. Y ustedes, por más que acumulen, no son un poder de la República. Son un diario que tendría muchas explicaciones que dar a sus lectores. Son sólo un periódico plagado de dineros que cuidar y dineros que convocar. Vuestra independencia limita al norte con vuestra chequera y al sur con un cierto y viejo olor a salitre.

Podrían empezar por responder preguntas como esta: ¿Por qué, señor director, El Comercio siguió firmando contratos publicitarios hasta el año 2005, con la empresa de “Lunarejo”, “Polaco” y, según ustedes, Pepe Mejía? ¿No dice usted que su diario supo de las andanzas sucias de los Zevallos desde 1995? ¿Diez años después, en el 2005, seguían sus periodistas volando en canje por “Aerocontinente”? ¿No le da vergüenza eso, señor director, con todo respeto?

Y, además, no lo entiendo, señor director. Usted llama narcotraficantes a los Sánchez Paredes –así lo señala en un valiente editorial, revíselo, es de hace poco– y en seguida acepta una catarata de avisos a página de los Sánchez Paredes. ¿No sabe, señor director, que puede estar usted ayudando a lavar dinero? ¿No hay cómo resistirse al avisaje?

Tampoco entiendo cómo es que publicaron que la fiscal Julia Eguía Dávalos recibía dineros mensuales de Montesinos (Pinchi Pinchi dixit) pero no le dijeron a sus lectores, en esa misma nota, que fue precisamente Julia Eguía Dávalos la fiscal que, en las postrimerías del fujimorismo y cuando ustedes estaban cogidos del cogote, declaró prescritos “los delitos cometidos en el diario El Comercio”. Prescritos, señor director. Yo tengo esa resolución. Como tengo tres mil páginas de documentos sobre su diario. Lo que pasa es que no puedo estar aburriendo a mis lectores –bueno, no sólo se lee El Comercio, ¿sabe?–.

Pero, en fin, de las relaciones de El Comercio con el fujimorismo hablaremos más adelante, con su permiso, claro está.

Muchos saludos al colega Fernando Ampuero, investigador en jefe de su periódico, señor director. Se despide con la humildad de siempre, César Hildebrandt

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César Hildebrandt

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