Cantar victoria

Si el éxito es siempre una revancha, Luis Horna ha tenido tiempo ayer para disfrutar de esa delicia que sólo se puede comer a solas.

| 08 junio 2008 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 484 Lecturas
484

La revancha de Luis Horna se la ha cobrado a la Federación de Tenis, a la prensa deportiva que lo ninguneó, al público infiel, al fútbol que todo lo acapara, a las empresas que ahora sí quisieran subirse al carro.

Porque hay que decirlo: Luis Horna se ha construido como todo lo que vale en el Perú: a pulso y a punta de locuras.

¿Fue una locura seguir en el tenis a comienzos de este año, cuando tuvo que retirarse de las eliminatorias de la Copa Davis por una lesión en el antebrazo derecho? Sí, parecía ­una locura.

Y es que Horna ya había obtenido, sobre todo en los años 2004 y 2006, todo lo que el tenis podía darle: varios abiertos internacionales, ganancias brutas por más de dos millones de dólares, una larga permanencia entre los cien mejores de la Asociación de Tenistas Profesionales, viajes a discreción. Así parecía pensar hasta “Cocho”, el hombre que lo entrenó desde niño en el Franco Peruano.

Además, eso de no enfrentar a los españoles Almagro y Robredo por lo del golpe en el antebrazo había despertado algunas sospechas en esa prensa que sólo resplandece cuando le brillan los cuchillos que lleva en el hocico. Inclusive uno de esos mentecatos se había atrevido a preguntarle si es que no había fingido para no tener que enfrentar a los paisanos de la Telefónica, empresa que empezó a auspiciarlo en el año 2003.

La pregunta fue infame, como infame fue la actuación peruana sin Horna. Hubo entonces quien recordó que Horna no sabía administrar sus ­energías, corría en exceso, no se tenía confianza y no había podido mejorar su golpe de revés.

Para remate, poco después de su triunfo en el Abierto de Acapulco, un mes más tarde de la frustración en las rondas preliminares de la Davis, en marzo de este año, Horna fue sacado por demolición del torneo Pacific Life Open de Indian Wells la tarde aquella en la que el italiano Daniele Bracciali le ganó en dos sets de 6-3 como si hubiese sido un entrenamiento.

Y luego vino la derrota en Monza, en el certamen auspiciado por la Mitsubishi, la despedida amarga en el Abierto de Valencia y, hace pocas semanas, la caída ante Gael Monfils en el mismo torneo Roland Garros donde ayer, en la categoría de dobles, ha brillado como ningún peruano lo hiciera.

¿No era un buen momento para decir adiós y dejar un recuerdo menos acribillado de pesares?

Pues Luis Horna pensó que no. Así que convenció al uruguayo Pablo Cuevas para jugar otra vez juntos. Ya lo habían hecho en el 2007, cuando ganaron el Challenger de Montevideo –un campeonato de menor cuantía–, pero ahora se trataba del Roland Garros, para muchos la competencia en tierra batida más importante del tenis mundial, un evento que lleva ese nombre porque se juega en el estadio levantado en homenaje a aquel aviador francés que gustaba del tenis y que, en 1918, derribado por los alemanes, se inmoló cerca de las Ardenas.

Cuevas es un muchacho casi seis años menor que Horna, un tenista más o menos intermitente que, en realidad, ha logrado sus mejores preseas deportivas como campeón ­uruguayo de natación y que en el 2004 estuvo a punto de dejar el deporte de Nadal y Federer por falta de apoyo económico.

Y así esta dupla casual y desigual, este dúo de perdedores teóricos, estos dos subestimados crónicos que habían llegado a odiar el fracaso con la misma intensidad con la que el fracaso los perseguía, fueron afiatándose en el camino, averiando la marcha de los favoritos y llegando a los cuartos de final al superar a los que estaban 5 a 1 en las ­apuestas: los hermanos estadounidenses Bob y Mike Bry­an. Después vinieron el brasileño Bruno Soares y el serbio Budan Venic y ayer el canadiense Daniel Nestor y el también serbio Nenad Zimonjic –ambos con fama de letales–.

Luis Horna ha demostrado, al borde de los 28 años que cumplirá en septiembre, que el empecinamiento bien entendido conduce a una manera fulminante de ser feliz y que los peruanos sí pueden, cuando se lo proponen, divorciarse de la derrota, ahuyentar a pedradas al animal del miedo y cantar victoria. Lo de Horna, que supera largamente lo logrado por Carlos di Laura y que no puede compararse con las hazañas de Alejandro Olmedo porque Olmedo jugó como tenista norteamericano, no es sólo tenis sino también carácter. Eso que no ­abunda en el país aguado que ayer sí lo aplaudió.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista