Cantar y bailar por un buen año

La palabra carnaval es un paraguas demasiado amplio, cobija tradiciones europeas que en numerosos siglos se han recreado allí y en otros continentes, así como milenarios juegos de máscaras, críticas simbólicas del poder establecido, y mil y un modos diferentes de cantar, bailar y reír en todos los pueblos del mundo.

| 17 febrero 2013 12:02 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.6k Lecturas
Cantar y bailar por un buen año
CARNAVALES
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Sin el ánimo de pretender cubrir todo el espacio peruano, enumero a continuación las tradiciones diversas a las que se llama carnaval:

1. El puqllay, o juego, de los jóvenes enamorados en la tradición andina inca, recreada en parte de los ayllus.

2. La fiesta de gratitud de los alcaldes varas a las comunidades que los eligieron el 1 de enero, que se celebran con quenas y pequeños tambores.

3. El “¡saqra punchaw!” -día de los diablos- que en las provincias altas de Apurímac corresponde en realidad al “día de los Apus”. Un ejemplo es el clásico “Carnaval de Tambobamba”, recogido y difundido por José María Arguedas, que cuenta la historia de un músico quechua llevado por el río y cuyos poncho, charango, birrete y sombrero, flotan en la turbia superficie del agua. Se dice que muertes como esa son ofrendas que los Apus piden para que el año sea bueno.

4. La tradición señorial, en departamentos como Ayacucho y Huancavelica, con grupos diferentes y muchas veces opuestos, que cantan y bailan, en castellano y en quechua en calles y plazas.

5. Las antiguas comparsas en provincias como Andahuaylas y Abancay, que crecen y se multiplican por el impacto del turismo y la emulación con el carnaval ayacuchano, cajamarquino y puneño.

6. La tradición cajamarquina y sus coplas emparentadas con el carnaval de Ríobamba en Ecuador.

7. La tradición indígena recreada de formar comparsas para competir dentro y fuera de los ayllus y llegar a la capital del departamento.

8. La célebre Fiesta de la “Mamacha Candy”, Virgen de la Candelaria en Puno, históricamente emparentada con los carnavales de Copacabana y Oruro, en Bolivia.

9. El “corta-monte” (también “arbolito de kilulo”) en el que los grupos de parentesco, amistad, y/o barrio en la Amazonía, la Costa norte y la Sierra central, adornan un árbol con golosinas y regalos y la pareja que lo “tumba” asume el compromiso de organizar el “corta monte” del año siguiente.

10. La fiesta formal de carnavales con reinas, fiestas de disfraces, “Ño Carnavalón”, desfiles alegóricos, chisguetes, talcos y serpentinas. Casi ha desaparecido en Lima luego de haber sido muy importante desde tiempos de Leguía hasta 1970, pero se mantiene aún en parte en el célebre carnaval de Cajamarca.

11. El simple juego dominguero con agua entre grupos de jóvenes vecinos de ambos sexos, desde tiempos coloniales limeños.

12. La agresión con globos de agua a personas que pasan por las calles caminando o en microbuses y autobuses.

Son comunes a gran parte de estas versiones el mes de febrero, el canto, la música, los versos de amor, el baile de recorrido, las serpentinas y el talco. “Enero poco” y “febrero loco”, son meses de lluvias en los andes. Allí, el encanto del agua es doble: por la felicidad de recorrer las calles bailando bajo la lluvia y porque un carnaval así anuncia un año de buenas cosechas entre abril y junio.

Mención aparte merecen las fiestas de disfraces. En el Perú la tradición colonial y republicana de disfrazarse casi se ha perdido y lo que se afirma y expande es el hábito de salir a bailar en las calles con los trajes típicos de cada ayllu, aldea o pueblo. No se trata de disfrazarse siguiendo la receta europea del carnaval de Venecia, o la moda extraordinaria del carnaval-espectáculo de Río de Janeiro. En las fiestas actuales de carnavales peruanos se afirman identidades indígenas rurales y urbanas y también señoriales antiguas. Una jornada del último domingo de marzo con el carnaval ayacuchano de la Federación de Instituciones Provinciales del Departamento de Ayacucho, FEDIPA, en Lima es un ejemplo.

En la lengua portuguesa el verbo fantasear corresponde al verbo castellano disfrazarse; es decir, a vestirse como lo que uno no es, sino como le gustaría ser en una, dos o tres noches. En el carnaval de Bahía (Salvador, Brasil) los profesores universitarios bailan tres días y tres noches disfrazados de lo que les gustaría ser, ejerciendo plenamente su libertad de vivir la ilusión de lo que no son y les gustaría ser.

Por la ilusión y la fantasía de los disfraces se expresaba y expresa aún la crítica al poder establecido, como en los viejos tiempos de la Europa medieval. Hoy la crítica al poder es parte, felizmente, de nuestros derechos políticos.

Los pueblos que tienen una rica tradición musical y festiva no necesitan disfrazarse, sino simplemente salir a las calles a disfrutar cantando y bailando hasta que la resistencia física se acabe.

Es maravilloso salir a bailar y cantar en las calles con amigos y personas como uno. Esta es una fiesta peruana por excelencia y en las comparsas y rondas están siempre las manos extendidas para recibir a quienes quieren sumarse y disfrutar de la alegría.

Postdata. Entre una y otra fiesta de carnaval, sumo mi voto alegre y claro al NO rotundo a la revocación. Que Susana Villarán y todo su equipo de regidores continúen en el municipio y que los agentes y operadores de la corrupción y sus aliados en los partidos políticos de triste historia en el país, sean vencidos otra vez. Es un insulto, un grave insulto, decir “Susana es una incapaz” sin precisar en qué. No lo es si decimos “Susana -como cualquier otro mortal- es incapaz de aprender a hablar quechua en una semana”.


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Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”

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