Cambio: gradual pero persistente

La propuesta del presidente Ollanta Humala para terminar con la exclusión social en el país no es cualquier cosa. Nos remite a luchar por una profunda transformación social, cultural, económica y política para lograr un país con una verdadera igualdad de derechos y oportunidades para todas y todos. Aunque, como dice Sinesio López, la propuesta de la Gran Transformación no tiene carácter ni contenido fundacional pero sí abandera con un espíritu justiciero las legítimas reivindicaciones y expectativas de los de “abajo”.

| 01 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 905 Lecturas
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Así, la consecución de este trascendental objetivo será, de acuerdo a lo señalado por Ollanta, el norte de las políticas gubernamentales y también base para la convergencia de todos los sectores patrióticos que anhelamos un país más justo y soberano. De ahí el por qué de la necesidad de un gobierno de las mayorías y de un estado fortalecido que sea sentido como suyo por todos los peruanos. Aunque para llevar a cabo esta inmensa tarea se requerirá consolidar la nueva voluntad colectiva actualmente en ciernes.

Por el objetivo que el nuevo gobierno se plantea, en realidad, de lo que se trata es de promover una verdadera revolución democrática, en todo orden de cosas, pero respetando el estado de derecho y las normas legales. Esto último ubica el proceso político anunciado por Ollanta al interior de la dicotomía continuidad y ruptura en nuestro país, con tantas características propias y diferentes a otros de la región; por eso la cita de Mariátegui acerca que “no será calco ni copia”.

Pero, además, el carácter gradual y persistente de la estrategia anunciada para el cambio nos advierte de las dificultades pero también de las potencialidades que se cobijan al interior del camino emprendido. Cambio tomando en cuenta el diálogo y la busca del consenso, en un proceso paulatino pero progresivo y con la actitud de ser firme en alcanzar el objetivo trazado. Las dificultades vendrán, como siempre, de los extremos; de quienes consideran que solo mantendrán sus beneficios con el actual statu quo y, del otro lado, de la intransigencia o desesperación de los sectores que buscan que la profundidad de los cambios los reivindiquen aquí y ahora.

Pero las potencialidades son muchas. Al no ser solo de ruptura (y basado en la desautorización política de los que se oponen) se evita una mayor ideologización del proceso y el nacimiento de tesis y propuestas estáticas, con las que se pierde la noción del tiempo global y “que tienden a envejecer conservadoramente por su incapacidad para acompañar la evolución del progreso social”, como señala muy bien el colombiano Alberto Cortés.

Además, las discusiones acerca de la bondad o no del proceso de cambio, aclarará los puntos de vista y elevará el debate político. Se tendrá que hacer pedagogía de la política, revitalizándola, y asumiendo como principal la tarea de intentar convencer al adversario con sólidos argumentos o llegar a puntos de acuerdo con él. Así, se terminará con la mala práctica de la zancadilla y la emboscada, de la diatriba y el escándalo que tanto daño han hecho a nuestros políticos, y a la vez, alejado a las masas de la discusión de los verdaderos problemas del país.

Como se ve, la hora de la Gran Transformación, también nos reta a cada uno de nosotros a cambiar, dejar de lado dogmas del pasado y adentrarnos con audacia en un futuro promisorio para todos. Vale la pena el esfuerzo.


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Carlos Tapia

Opinión

Columnista

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