Cambié por mi hijo

Cuando le decían que un hijo te cambia la vida, a Elsa le llegaba altamente; y seguía gastando sus días en pasarlos en medio del desorden, el alcohol y las fiestas.

Por Diario La Primera | 12 jun 2012 |    

Para ella, lo mejor de vivir era estar libre de responsabilidades y gastar, con los amigos, el dinero que su papá le dejaba en la mesa antes de salir a trabajar cuando las luces de las calles permanecían encendidas. Huérfana de madre, Elsa había aprendido de la vida, gracias a los consejos de los amigos del barrio, las palabras de los profesores mal pagados de su colegio, los consejos del cura dominical, las recriminaciones de su padre cuando llegaba a la casa sazonado de cervezas. Tomó el camino más fácil, la diversión a toda costa. Naufragó en todo tipo de licores y se ahogó en el infortunio y el humo; y anduvo por los brazos de todos los hombres menores y mayores que le ofrecían un poco de cariño. Su vida era un laberinto de pasiones hasta que un domingo inútil sintió que se había embarazado en un sábado de amor loco en brazos de tres amigos. Un mes después, confirmó que estaba grávida, pero no sabía de quién; pero no le importaba. Cuidó su embarazo como quien cuida una rosa de los embates del tiempo. Se desintoxicó, se alejó de los amigos y las drogas y empezó una vida que había soñado y que, según su padre, es la vida de señora linda y responsable que vivió su madre cuando estaba embarazada de ella. Cuando nació el hijo de Elsa, los amigos de su padre le preguntaron una tarde a él: “¿Quién es el padre de tu nieto?” “No sé; pero no importa, ese niño es un ángel, ha salvado a mi hija”. Elsa empezó a ver la vida de otra manera y todo el amor que crecía dentro de ella se lo daba a su hijo y lloraba de felicidad cuando su hijo le apretaba fuerte uno de los dedos de su mano. Crecía con él, sus pasos de él eran los pasos de ella; y el abuelo del niño seguía dejando dinero en la mesa antes de salir a trabajar cuando las luces de las calles todavía no se apagaban.


    El Escorpión

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