Biografías falaces de la década del asco (3)

Un señor fiscal

Miguel Algoví nació en Sinhuevos, jurisdicción de la provincia de Dos Caras, en las nacientes del río Uyuyuy.

| 07 marzo 2009 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores |1.6k Lecturas
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Algoví nació con una pelusa cana y un miedo cerval a todo. Lo trataron muchos especialistas pero sin ningún éxito. No se curó de ese terror congénito, es cierto, pero aprendió a disimular.

Así es como pudo cursar sus estudios superiores, llevar una carrera discreta y crear expectativas ingenuas sobre su bonhomía.

Cuando el gobierno de Chino Maldito se convirtió en dictadura violenta y a ratos asesina, a Algoví le entró una terciana a tiempo completo.

-“¡Temblor, temblor!” –gritaba su secretaria cada vez que él entraba a su despacho.

Temblaba tanto que el Instituto Geofísico lo incorporó como sismo honorario y la Asociación de Enfermos de Parkinson le entabló una demanda por plagio.

Enterado de su estado trémulo, Chino Maldito dijo con su voz supurada:

-Arjovín tá mueno para Fiscar de ra Nación.

Y Algoví, en efecto, fue Fiscal de la Nación.

Le rezaba todos los días al Señor de los Temblores, al poder de San Vito y al Cristo de Octubre para que no ocurriera nada que pusiera en peligro su pensión.

Y no habría ocurrido nada de no haber sido por los malditos papeles sobre la cuenta millonaria de Montesinos en el banco Wiese.

-¡Maldito Hildebrandt, enano! –bramó su mujer poniéndose los pantalones.

-Mal-di-di-di-to-to –musitó Algoví temblando como palmera en huracán.

Pocos días después declararía que como los documentos habían sido obtenidos de forma irregular, “no podía abrirse ninguna investigación”.

Sus temblores ya se medían con la escala de Richter.


Chuchi Díaz

Pocos recuerdan que Chuchi Díaz fue elegida congresista con el número 13 en una nalga y no paró hasta llegar al dos mil de Perú 2000, la organización que Chino Maldito creó para hacerla engordar comprando congresistas a 15,000 dólares cabeza.

La vida de la señorita Díaz siempre fue extraordinaria. Nació en una cama, como es natural, pero permaneció en ella hasta la edad de 23 añitos.

Su mami le decía que eso no podía ser, pero ella insistía en que el tal lugar era su centro de trabajo, su medio de vida y su espacio vital.

Su santa madre ignoraba el porqué del dormitorio de tan horizontal criatura salían a veces, por las noches, sonidos como de viola pisoteada.

Chuchi decía que había aprendido a tocar la cama en todas las claves de sol y que los sonidos que intrigaban a su mami no eran nada comparados con los que producía su amiga Putibella, que había logrado interpretar, con el sudor de su frente, el segundo movimiento de la quinta sinfonía de Beethoven.

Chuchi decía que ella amaba la música clásica y que sus piezas favoritas eran “La abertura de Guillermo Tell” –así la llamaba de puro bestia- y “La cabalgata de las vaqueras”, que es como Chuchi podía llamar a las valkirias.

Un novio que tenía una Kawasaki de 1,000 cc. le enseñó los aprestos del andante con moto y otro las delicias de la tocatta y fuga. A los 25 años, su vocación fue llamada por los instrumentos de viento y logró tocar, con destreza, la flauta traversa y el corno inglés.

-Mi hija toca de todo –llegó a decir su santa madre.

Y tenía razón. Chuchi terminó tocando la puerta falsa del SIN.


Alfredo B.

Alfredo B. nació en un año siempre misterioso y desde muy pequeño dio muestras de sus preferencias.

-Mami, ¿por qué este bacín no es de plata? –preguntaba.

Su mami tenía que darle explicaciones en tono muy suave porque cualquier tono subido de voz podía terminar en una rabieta interminable.

Una vez vio la foto de Grace Kelly como princesa monegasca y dijo:

-Mami, ésta es para mÑ ¿Por qué ese viejo horrible se la ha agarrado?-.

Y la mami debía decirle que no estaba en edad para pensar en esas cosas, que ese viejo era Rainiero, que los Grimaldi venían de muy lejos y que fuera más respetuoso.

Alfredo B. se vengaba con el canario de la casa, al que llegó a torturar tanto que el animal aprendió a hablar como un loro para poder quejarse.

Con el tiempo, la vida para Alfredo sería un cóctel aderezado con algunos libros geniales, algunas corridas (de la bolsa), algunas matanzas (Acho, Las Ventas, Sevilla), algunas concesiones al populacho (ser aprista), unos cuantos sacrificios (tutear a la vendedora de paltas que le había vendido paltas a Pedro Beltrán), muchos chalanes surgidos del aliento de Chabuca Granda y muchas señoritas ancladas en las páginas sociales de la vieja Crónica de los Prado.

Ah, nos olvidábamos: la vida también consistía, por último, en risotadas brillantes sobre lo divertido que resultaba este país embrujado.

Alfredo llegó a ser el Proust peruano en busca de la Ica perdida.


Federiquito

Federiquito Salas nació en Careta, distrito de Mascarilla, en la orilla oriental del río Judas.

Desde muy pequeño demostró una gran vocación por lo desagradable. Como desagradable, lo primero que hizo fue nacer el mismo día del cumpleaños de su hermano, con lo que le arruinó la fiesta para toda la vida.

Inventor del sushi de cera, del puntero mentiroso, de la esmeralda que era moco, del queso importado hecho en Laive, de la bicicleta estacionaria de competencia, del calzón con embrague y de un remedio contra el cáncer llamado arsénico, Salas fue uno de los emblemas morales de la década de Chino Maldito.

En Huancavelica siempre lo amaron por sus ojos azules y su aspecto ibérico. Chino Maldito lo rebajó a valido.

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César Hildebrandt

César Hildebrandt

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