Bienvenido el debate

No sé cómo habrá salido o saldrá el debate de esta mañana entre Jorge del Castillo y Mario Huamán, pero me parece que la importancia de este encuentro no ha sido subrayada debidamente.

Por Diario La Primera | 05 jul 2008 |    

Los debates son esenciales para que la democracia se riegue y florezca. Y al final hay dos pasiones razonadas y dos razones apasionadas que se escuchan y dejan la estela de una cierta bravura intelectual. En un debate quien gana es el oyente.

Pero en el Perú la usanza preferida por los políticos es el monólogo y la música que se pone a todo volumen es la del eco, con acompañamiento de uno mismo y dúo bamba con el otro yo haciendo de segunda.

La cultura de la argumentación contradicha a viva voz y el goce intelectual del debate empezó a decaer entre nosotros con la desaparición de las ideas y su reemplazo por los programas electorales.

Y cuando las ideas hicieron mutis por el foro es que ya se habían muerto (de lo más intestados) quienes podían sostenerlas, crearlas o enriquecerlas.

Era inevitable que Mariátegui y Haya debatieran. Y es que ambos tenían cómo hacerlo. Fue delicioso que Federico More provocara tanto. Y es que en su caso el talento y la cultura se daban la mano.

El último gran debate de la política peruana fue protagonizado por Luis Bedoya Reyes y Héctor Cornejo Chávez. Dos ideas sobre el Perú discutieron aquella vez. Hubo ironías pero no insultos, esgrima y no chaveta. La política se nutrió esa noche. Y el idioma también.

En los años ochenta, y con las excepciones del caso, un manto de ceniza salida del Vesubio de la mediocridad nos hizo pompeyanos sin que nos enteráramos del todo. Esa lava arrasadora alcanzó su mayor incandescencia cuando Fujimori, alentado por los asesores apristas que le hacían los guiones, le dijo a Vargas Llosa que haber fumado marihuana en su juventud poco menos que lo descalificaba como candidato.

En el cementerio de las ideas (que Sendero había ayudado a poblar), Fujimori se sintió como en su casa y bailó el baile del FMI como Michael Jackson entre sus cadáveres.

El divorcio de la política y los libros creó a una nueva raza de políticos: los que necesitaron de traducción simultánea para que los entendiéramos. Memorable, en ese sentido, resulta la figura de Gilberto Siura, congresista fujimorista de usos múltiples. Cuando Siura hablaba –es un modo retórico de decirlo– la estupidez callaba, superada hasta la vergüenza.

Gente como Siura –pero hay mil ejemplos y de todo el espectro partidario– no hubiera podido debatir ni con Marcel Marceau maquillado de yeso y carmín.

O sea que la separación a botellazos de la política y las librerías dejó muchos huérfanos. Al principio fue un asunto de Dickens y Cáritas, pero, con el tiempo, los hijos de los hijos de esos huérfanos de imprenta llegaron a las nomenclaturas, a los comités ejecutivos, a la Onpe, y sucedió lo que tenía que suceder: estas FARC de la chusquedad secuestraron a la política peruana y juraron que no la soltarían hasta que la banda sonora de Fahrenheit 451 se convirtiese en el nuevo himno nacional.

Algunos de estos ñaños tuvieron la suerte de no descubrir que eran disléxicos hasta que recibieron su primer cheque, monografía que debieron leer a la fuerza como se comprenderá. Y una buena parte de ellos iría, en bermudas hasta la baja pantorrilla, a militar en la blanquiazul Alianza Fujimorista, que ganó campeonatos interpretando auténticamente el marcador final luego de que Martin Rivas se hiciera cargo del árbitro.

Lo que quiero decir pero me distraigo es que cuando política y cultura empezaron a odiarse lo que se impuso fue la supresión de la polémica y el apego a la certeza que no resiste el riesgo de la confrontación.

De modo que el debate programado para esta mañana en Radioprogramas es una de las mejores cosas que le ha sucedido al clima político de este país de tantas voces divas. Bienvenido el debate.


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista