Belleza y verdad; respeto y justicia

Tenemos un Ministerio de Cultura, hasta ahora con pena y sin gloria, pues, más allá del protocolo, el ministro Juan Ossio solo se hizo notar como notario (¡es conforme!) de las arbitrarias decisiones de Alan García, como cuando implementó, muy puntual, su huachafa decisión de pintar el Museo de la Nación (despropósito que la presión ciudadana hizo retroceder) o al justificar esa otra gigantesca huachafería a la que la gente ha venido a llamar, con ingenio, “el Cristo de lo robado”. Así, pues, las señales emitidas por ese ministerio no han ido precisamente por el lado del buen gusto, ni en lo estético ni en el actuar, que es la dimensión de lo moral bien entendida.

| 12 julio 2011 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 863 Lecturas
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En las actuales circunstancias, es en el ámbito cultural donde se dirimen nuestras posibilidades de construir una comunidad con mayores grados de bienestar. Porque, más allá de cierto rango de crecimiento económico, no hay posibilidades de alcanzar mayor bienestar, sin el soporte de sentidos de vida en los que el respeto por los demás y por uno mismo (que conlleva el respeto por normas elementales de convivencia y la afirmación del gusto: del sentido de la belleza y la verdad), configuren la sensibilidad y el imaginario de los ciudadanos. Y, lamentablemente, en ello se halla nuestro mayor déficit, ahondado por gobernantes arbitrarios, estrafalarios y corruptos, así como por la ausencia de élites que proyecten referentes de integridad y buen gusto.

El nuestro es un país multicultural y hemos avanzado en reconocerlo. Ello define nuestras posibilidades como colectividad; nuestras potencialidades y debilidades. De persistir o ahondarse la falta de respeto hacia el otro (condición que parece caracterizar la vida nacional), nuestra diversidad cultural nos divide y enfrenta. Tenemos repugnantes expresiones de ello en el racismo que emergió con la reciente campaña electoral, así como las tenemos a diario en el caos del tráfico urbano. De ser capaces de remontar esta tendencia nefasta, podemos convertir la diversidad en riqueza y construir una sociedad con un alto grado de bienestar. A ello nos convocaba José María Arguedas al propugnar un país de todas las sangres. La mezquindad de Alan García (con complicidad de Juan Ossio) lo llevó a negar el reconocimiento oficial de este año como el del centenario del nacimiento de Arguedas, una de las mayores figuras signo de nuestra historia.

Ciertamente, hay mucho que hacer en el ámbito de la cultura en nuestro país. La próxima gestión del Ministerio de Cultura deberá empezar por reconocer y convertir en base de su programa político la recuperación del sentido del respeto y la justicia entre la ciudadanía. Lo demás, se deriva de ello.


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Zenón Depaz Toledo

Opinión

Columnista