Beatificación de un mártir

El papa argentino ha echado a andar la beatificación del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, asesinado por condenar la represión en El Salvador. Sabe que estos son los santos que más admiramos los latinoamericanos.

| 28 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.7k Lecturas
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Informaciones procedentes del Vaticano nos hacen saber que el nuevo Papa ha “desbloqueado” la canonización del arzobispo de El Salvador, monseñor Óscar Romero. Ahora, ese proceso sigue adelante bajo la dirección de Francisco y después de treinta años de retrasos.

La palabra de la información es exactamente “desbloqueado”. Cuesta creer que la Iglesia Católica haya mantenido “bloqueado” el reconocimiento de la santidad de uno de sus mártires más valerosos.

Sería doloroso reconocer que hubo en el retraso razones extrajudiciales. Eso nos haría pensar en San Martín de Porres, cuyo origen étnico bloqueó el proceso durante varios siglos.

Después de todo, Óscar Arnulfo Romero es, para todos, un santo. Católicos, evangelistas de todas las denominaciones y también marxistas y hasta agnósticos lo llaman y lo sienten así.

No es poca cosa que un hombre sin uniforme ni más armas que la palabra de Dios, se haya enfrentado a un ejército de asesinos en nombre de los pobres de El Salvador.

El objeto de esta nota es pensar en los católicos de América Latina. Ya era hora de que Roma se interesara por nosotros, que hacemos más de la mitad de los católicos del planeta.

El Papa Francisco, excelente futbolista y regular bailarín de tangos, sabe en verdad cómo somos. Sabe que somos tan irreverentes como audaces y tan devotos como relajados.

Adivina que amamos entrañablemente al Papa, pero no le obedecemos, y reverenciamos sus enseñanzas, pero no las tomamos muy en serio, sobre todo las que atañen a disciplinar nuestras pasiones.

Lo he dicho antes y lo digo ahora. Ni siquiera los “no católicos” son por completo no católicos aquí. Los ateos se casan por la Iglesia y bautizan a sus hijos.

Y, como señalaba García Márquez, la diferencia entre los extremos políticos de esta región radica en que los conservadores van a la misa de doce y los liberales anticlericales a la de las siete de la mañana para que nadie los vea.

Sabe Francisco que, además, esta región es territorio de contradicciones temibles. Los recursos de oro, plata y cobre más inmensos del planeta están aquí, pero también están presentes la pavorosa miseria y la masacre contra los pobres que protestan.

Y también se encuentran aquí la insultante riqueza de algunos egoístas y las calaveras del hambre. Y además, el hacinamiento miserable, la perversidad de las falsas democracias y la escasez del amor.

Canonizar a Romero podría significar para la Iglesia convertirse en adalid de la lucha por el cambio social y congregar a la inmensa fuerza de los latinoamericanos en esa marcha hacia la comunidad de Dios.

Recordemos unas cuantas palabras del mártir: “La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión”.

El criminal le disparó desde la pila de agua bendita. Desde allí caminó hacia la calle donde un jeep militar lo esperaba…

Por su parte, el sacerdote levantaba en sus manos el Cuerpo de Dios cuando sonó el disparó. Después, cayó sosteniendo la hostia contra su corazón.

El Papa argentino sabe que estos son los santos que más admiramos. La noticia venida del Vaticano nos hace recordar y cerrar los ojos. Esa es la forma cómo escondemos nuestra cólera y no dejamos que se enteren de que estamos llorando.


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Eduardo González Viaña

Crónica

Colaborador

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