Baby Face Allison

Lo que nadie termina de entender es qué cosa hacía el acalde de Magdalena al servicio de la empresa chuponeadora Business Track, para poder cobrar regularmente, cada mes, la cantidad de 3,500 dólares.

| 27 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 480 Lecturas
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No es el tema de si le dijo y cuándo se lo dijo, al presidente, o si éste sabía con quién se estaba metiendo, que es lo que no quieren que pensemos, sino el motivo específico por el que le facturaban un monto que casi duplicaba sus estipendios municipales. Es decir si es tan inocente como pregona, porque su asesoría la brindaba a una empresa que era legal y que muchos en el Estado y el mundo empresarial contrataban porque como Allison la consideraban buena para algo, que no se quiere reconocer qué cosa era.

Como nadie cree que el tipo asesoraba sin saber a qué se dedicaba su cliente (parece una explicación de la mafia de Chicago en los años 20); que despachaba en cafeterías así que nunca iba a su local y no los veía haciendo su “trabajo”; que se ocupaba también del divorcio de uno de sus directivos; que nunca firmó un contrato con indicación de los servicios prestados y le pareció lo más normal del mundo; y que nunca se consideró salpicado por el escándalo cuando detuvieron a toda la empresa, por lo que se propuso para ministro sin cargos de conciencia; digo, como todo esto lo consagraría de mucho más idiota de lo que hace evidente, sólo queda plantearse las hipótesis más probables sobre lo que podría haber unido al alcalde exitoso con los marinos dedicados a husmear los secretos de las empresas y las personas significativas.

La primera opción es suponer que Francis Allison en realidad no realizaba ningún servicio para Business Track, pero era facturado para cubrir pagos por otros conceptos. Algunos antecedentes del personaje acreditan esta posibilidad. El punto es saber si este beneficio era directo a su persona, o si era dinero para un tercero o para un grupo del que el abogado-alcalde era testaferro. Podría fácilmente deducirse que un negocio tan especial como el de Ponce Feijóo requería disfrazar sus egresos y movimientos económicos. En tal caso Allison sería un cómplice, un lavador de dinero sucio o un intermediario de operaciones dolosas.

La segunda opción es aún peor. Implica que el abogado consultado en restaurantes y cafeterías, tenía como encargo analizar los chuponeos y ayudar a que los marinos interpreten las actividades irregulares y delictivas de sus víctimas. ¿O para qué puede servir un abogado penalista? En esta alternativa, el “baby face” de Magdalena sería un miembro de la banda, que cumplía su papel. Tiene sentido que reciba 3 mil 500 dólares, no por los títulos que declara tener, sino por la delicada tarea que tenía que cumplir. Y sobre su especialidad para la función ya se están reconstruyendo trozos de su biografía que muestran a un personaje ya entrenado para causas oscuras.

Finalmente también cabe una combinación de las dos opciones presentadas. Pero no parece haber más. En todo caso lo que no es razonable es que de una organización donde todos han terminado presos, el único que era ingenuo y no se daba cuenta era el abogado.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista