Ayer fue el día de la TBC

Cada año, treinta mil peruanos se suman a la infausta legión de tuberculosos.

Y cada año mueren mil de esos enfermos.

| 25 marzo 2008 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 956 Lecturas
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Y no tenemos estadísticas fiables sobre la cantidad de tebecianos multidrogorresistentes que el Perú produce en series estadísticas anuales ni cuántos de ellos contrajeron esa malignidad en un hospital infectado o cuántos lo hicieron al interrumpir su tratamiento. Se supone que son unos 2,000, de los cuales algunas decenas padecen de un estadio superior del mal: la TBC no tratable, una mutación diabólica del bacilo que Robert Koch descubriera en 1882. Esta variedad es por ahora una condena a muerte del paciente.

Para quienes creen que la TBC es decimonónica y sólo tose en las novelas románticas o ahuesa a la bohemia del Palais Concert habría que recordarles que las cifras mundiales han escalado a ratios que preocupan a la Organización Mundial de la Salud: nueve millones de infectados cada año, dos millones de muertos en el mismo periodo, un millón de pacientes que recaen, 500,000 que son alcanzados por la nueva y letal variedad de la enfermedad.

Los países ricos no suelen tener tebecianos nativos. Muchos de sus esporádicos brotes vienen de la importación de mano de obra y de las condiciones de vida de muchos trabajadores migrantes, o del alcoholismo y la adicción a las drogas en su etapa terminal.

¿Y el Perú? El Perú del doctor García sigue siendo un país de cálida acogida para la TBC. Avanzamos tan rápido que somos el segundo país de América Latina en proliferación tebeciana. El primero es otro potentado: Brasil. En Lima, el distrito donde el mal bate todas las marcas es La Victoria, que reportó 670 casos sólo en el año 2007. Allí se dan todas las condiciones para la multiplicación de las penas: no hay salud pública competente, la desnutrición es crónica, el hacinamiento es frecuente, la renta familiar es de llorar, la suciedad cunde y las infecciones asociadas están a la orden del día.

El nuevo orden mundial del sálvese quien pueda y el darwinismo social que supone que los pobres son dinosaurios que sólo deben de esperar su meteorito ha replanteado algunos aspectos del Atlas tebeciano: el mayor índice mundial de casos de tuberculosis multidrogorresistente está en Baku, la capital de Azerbayán. Allí el agujero negro del mercado se ha tragado la salud pública y cualquier asomo de redistribución social: es el mundo que los economistas de la ultraderecha pregonan como el ideal.

¿Qué perro del hortelano impide que erradiquemos la tuberculosis? ¿No es que el oro está a más de mil dólares la onza? ¿No es que el cobre etcétera? ¿No es que las reservas internacionales blablablá? ¿No es que el doctor García uyuyuy? ¿No es que PPKK?

En este tigre casi asiático que es el Perú no es sorprendente que los hospitales infectados y las cárceles del infierno sean los mayores focos de contagio tuberculoso. Tanto hospitales como cárceles pertenecen al Estado, esa bruma que, según la ultraderecha en boga, hay que despejar. Esa cochinadita que hay que sacarse del zapato. Ese monstruo que alguna vez pretendió arbitrar los conflictos sociales y sacar la cara por los menos poderosos. Ese cáncer que nos impidió ser felices y que ahora, gracias a dieciocho años de quimio fujimorista, diablos azules toledistas y terapia alanista reforzada con la receta de la abuelita de Lourdes Flores, ha casi desaparecido. Alabado sea el Señor.

Posdata: Tuve que viajar en Aerocóndor el último fin de semana. La verdad es que si yo fuera chileno estaría feliz con esa clase de competencia: vuelos que invariablemente se retrasan o cambian de ciudad de partida, colaciones de orfanato de Dickens, aviones que podrían estar en el museo aéreo smithsoniano, sistemas de sonido averiados que impiden saber qué diablos dice el ayudante de cabina, personal sobreexplotado. Toda una joyita de línea aérea. “Aerobuitre” debería llamarse. ¿Y el ministerio de Transportes? ¿Espera que uno de estos días se caiga otro de esos vejestorios volantes para decir algo?


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista