Avísame en el paradero cinco

La primera vez que se pasó de paradero por quedarse dormido en la combi, Sandro dijo: “Es una vaina enamorarse de una mujer que vive al otro lado de la ciudad”. La segunda vez, exclamó: “¡Ñangas, otra vez la misma vaina!”.

| 10 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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Sandro tiene 18 años de edad y vive en Villa El Salvador cerca de la municipalidad y su enamorada Margarita, de 17 años, reside cerca del paradero cinco de la urbanización Mariscal Cáceres de San Juan de Lurigancho. Sandro y Margarita encontraron el amor el verano pasado en un instituto de la avenida Tacna del centro de Lima.

Un sábado por la tarde, Sandro le dijo al cobrador de la combi: “Por favor, me avisas en el paradero cinco”. Viajó casi dos horas desde Villa El Salvador hasta San Juan de Lurigancho y el cobrador se olvidó de pasarle la voz y Sandro despertó como a diez cuadras del paradero cinco.

Una y otra vez se ha pasado Sandro de paradero por quedarse dormido. Tantas veces se ha pasado que hizo un letrero de cartón en el cual escribió: “Por favor, avísame en el paradero cinco” y se lo colgaba en el cuello cuando iba a visitar a su enamorada.

Algunas señoras lo despertaban creyendo que estaba enfermó y le regalaban por caridad galletas o alguna fruta. Cierta vez una abuelita le cubrió con su chompa para que no tuviera frío y Sandro volvió a pasarse de paradero como cuarenta cuadras porque sin darse cuenta la anciana había tapado el letrero.

Los cobradores lo conocían como “El chibolo del letrero” y lo miraban como si fuese un discapacitado y, a veces, sentían pena al cobrarle pasaje.

Margarita le dijo cierta tarde: “¿Por qué bostezas cada vez que estás a punto de tocar el timbre, acaso te aburro?”. “Si te contara”. “¿Qué?”. “Nada, amor, tú jamás me aburrirás”.

Margarita se dio cuenta que se quedaba dormido porque la otra tarde se le ocurrió esperarlo en el paradero y lo vio pasar en su combi con su letrero que nadie le hizo caso. Lo esperó en su casa y él llegó mojado.

—¿Qué pasó, Sandro?

—Nada.

—Dime.

—Nada.

Nunca le contó que aquella tarde llegó hasta el paradero final de la combi donde unos palomillas lo mojaron y le robaron su letrero. Aquel letrero ahora sirve para cubrir del sol a un chofer de combi.


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