Autocrítica cero sobre crímenes entre 1980 y 2000

En un artículo anterior (La Primera, 9 de setiembre 2012), escribí sobre los dos terrorismos que hubo en el país, la intención del Gobierno de imponer su verdad oficial a cualquier costo y el peligro que significa para el lento proceso de gestación de la democracia peruana. Nadie en el Perú reconoce que es terrorista o racista. Las dos fuerzas en conflicto ven solo con un ojo y no con los dos, y hablan únicamente de una parte de la verdad, pero no de toda la verdad.

Por Diario La Primera | 23 set 2012 |    
Autocrítica cero sobre crímenes entre 1980 y 2000
EVADIENDO RESPONSABILIDADES

En plena campaña de los fujimoristas, apristas y su coalición política con los propietarios de los grandes medios de comunicación para tratar de desprestigiar a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), acabamos de enterarnos de otra operación supuestamente impecable de las Fuerzas del Estado que terminó en un tremendo fiasco, con una niña —Zoraida Caso— asesinada, y con la primera dama y su ministra disfrutando de unas maravillosas fotos en las que aparecen recibiendo y cargando, amorosísimas, a dos niños supuestamente liberados de una cárcel senderista. Se les vio disfrutar con sus egos por los cielos, pero el placer les duró poco. Si tuvieran algo de vergüenza, mostrarían su arrepentimiento y pedirían disculpas por esa lamentable conducta.

Frente a los sucesos de la muerte de la niña Zoraida, el arzobispo Luis Cipriani dijo: “Las operaciones militares no pueden ser con guantes y con mandil, pidiendo permiso para entrar”. Por su parte, el coro de fujimoristas, exjefes de las fuerzas armadas y otros socios políticos, señalan que no es el momento de criticar, porque eso significa hacerle el juego a Sendero Luminoso. En otras palabras, lo ideal sería que no digamos nada, que aceptemos la verdad oficial, que comprendamos el sacrificio que hacen los oficiales y soldados, y que en vez de criticarlos y juzgarlos debiéramos felicitarlos por su gallarda defensa de la democracia. Los dos argumentos que acabo de mencionar son constantes en los últimos 32 años. Sirven para mostrarnos una vez más que fujimoristas, apristas, oficiales de las fuerzas armadas y toda su coalición política no han aprendido nada de la dramática tragedia del país y no tienen ni el más elemental sentido autocrítico de su propia responsabilidad. Lo mismo ocurre con los senderistas. Autocrítica cero, es su consigna compartida. Se consideran inocentes y siguen convencidos de que los únicos culpables de todo lo que pasó serían los senderistas o las fuerzas armadas.

La frase “Soy inocente”, dicha por Alberto Fujimori, gritando y con furia, en la primera sesión del juicio del que salió condenado a 25 años de cárcel por la Corte Suprema por crímenes de lesa humanidad y otras maldades, es asumida por toda su familia, su bancada, sus aliados y cómplices, como una bandera de agitación y propaganda. Nada sería mejor para ellos y ellas que el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación sea revisado y rechazado, que no se diga una palabra más de los 15 mil desa-parecidos y que una inmensa losa de piedra sepulte el pasado para fijar su atención sólo en el llamado crecimiento económico del país. Pero la memoria existe, fortaleciéndose cada día más.

En la aparente batalla por las cifras, la coalición fujimorista quisiera reducir el número de víctimas a sólo 23 mil. En mi hipótesis, me atreví a señalar que si multiplicásemos el número global de 7,713 denuncias sobre desapariciones recibidas por la CVR, por 2.82, que es la Tasa que permitió a la CVR determinar el número de 69,280 víctimas, el número total de desaparecidos sería de 21,596. La cifra de 15,173 casos ya registrados de desaparecidos en el país duplica el número de denuncias y crece día a día porque el miedo que obligó a callar y no denunciar está disminuyendo claramente, y porque es cierto que en el tiempo que tuvo la CVR para hacer su trabajo no pudo llegar a todos los lugares donde unos y otros mataron a sus enemigos.

La Comisión de la Verdad y Reconciliación puso el dedo en la llaga sobre la profunda fractura de la sociedad peruana y sobre la voluntad de matar de ambos lados en el conflicto. No es por azar que senderistas de un lado y fujimoristas y aliados, del otro, rechacen el Informe Final. Como ninguno de los bandos acepta sus cuotas de responsabilidad en el baño de sangre del país, prefieren culpar al otro.

La gran Pilar Coll
Concluyo este artículo con mi más sentido homenaje a Pilar Coll, una maravillosa mujer española que consagró 55 años de su larga y fecunda vida a la defensa de los derechos humanos en el Perú. La conocí en Trujillo, alrededor de 1970. Desde entonces, la vi siempre fraterna y solidaria con sus hechos, gestos y palabras de aliento a las víctimas de la violencia política en nuestro país y a todas las personas a quienes ella veía sufrir. Fue una mujer profundamente cristiana, con plena coherencia entre su hacer y decir y su opción preferencial por los pobres. Haría bien el arzobispo Cipriani —que dice lo que un capellán del Ejército no se atrevería a decir— en aprender algo del cristianismo ejemplar de Pilar.


Rodrigo Montoya Rojas

Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”