Asiento reservado

La primera vez que me lo ofrecieron quedé perpleja e inmóvil, pero ante la insistencia del chico que iba parándose para que ocupe su asiento, me negué y dije, casi con furia, no gracias, mientras sentía por dentro que algo había pasado conmigo, algo irreversible que me llenaba de espanto.

| 29 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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Como muchos, he pasado mi vida viajando en combi, micro, custer, ómnibus; mis caminos han sido marcados por números y colores de líneas y rutas del transporte público; en sus incómodos asientos y pasillos he pensado los gorros de mis notas, las palabras de mis alegatos, las respuestas a los problemas esenciales de mi país y alguna que otra maldad.

Cómo olvidar los ómnibus que me llevaban desde San Miguel a mi casa, o los micros morados que cruzaban la ciudad hasta la medianoche, cargando con cuanto trabajador, estudiante o malandrín de segundo turno hubiera en la ruta; o los viejos Cocharcas de mi época escolar, cuando todo era felicidad y lo peor que le podía pasar a una era que la ampayen copiando en el examen.

O la legendaria 34 que se detenía para que el chofer tome desayuno mientras los pasajeros aguardaban; esa línea híbrida que se desmadejaba por toda la urbe hasta llegar exhausta a La Parada, donde mi mamá subió con silla y todo para formar un frustrado taller cooperativo. Aun hoy la veo, apretada a su silla y con la esperanza dibujada en su sonrisa.

Luego vendría el caos de las combis asesinas, la violencia, la velocidad tolerada hasta hoy, las correteaderas, las guerras entre líneas con trofeos de espejos retrovisores hechos añicos, las puteadas, los heridos, los atropellos, la debacle.

Nadie puede escapar a los mandatos del tiempo y ya no me preocupa para nada cuando el cobrador dice “asiento reservado” cada que subo a un micro; es más, hasta lo reclamo.

Porque el asiento reservado es la jubilación del pasajero, la capitulación del maromero, del que hace equilibrio y salta en cada bache, del que se desliza como una liebre entre la masa que se apretuja y no reclama, del que viaja doblado o en el estribo, compartiendo sudores y olores con desconocidos, como si nada.

Exíjalo, no importa que se vea regia, ocúpelo, y verá la vorágine del transporte peruano desde un bien merecido lugar.

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Rosa Málaga

Crónicas pasajeras